Una muerte

Estación Retiro, martes, cuatro de la tarde. El polizón caminó hacia la valla e intentó soslayar al guarda, pero éste lo detuvo como una pared de concreto con un brazo de hierro:
-boleto, por favor.
El tipo lo atravesó con una mirada de brasas encendidas, e ignorándolo, intentó rodearlo por la izquierda con una inercia de locomotora… no era muy alto, pero sí era ancho. Tenía piel muy oscura y una maraña de pelo sucio y desordenado en la cabeza; llevaba jeans muy gastados enfundando las piernas, una camisa gris Pampero muy remendada y un par de borsegos destrozados en los pies. La gente que llegaba desde Pilar comenzó a juntarse alrededor, lo mismo la gente que intentaba cruzar la barrera para salir hacia la provincia.
El guarda nuevamente lo detuvo e insistió:
-Señor, el pasaje-
-Dejáme pasar- dijo el otro
-Tenés que sacar boleto-
-¡Dejáme pasar!
-¡Tenés que sacar boleto como todo el mundo!
-¡Dejame pasaaaar!, gritó el tipo más fuerte
-Pero… ¡tenés que sacar el boleto!
-¡Dejáme pasaaaaAAAAAAAÁR!
Yo justo salía del baño cuando escuché el grito. Entonces corrí y vi a los polis unos metros más atrás haciendo como que no veían nada; vi el miedo, también, en los ojos del guarda y, al mismo tiempo, la mano del asesino sacando la faca del bolsillo trasero del pantalón, faca que, en un movimiento tan veloz como definitivo, terminó ensartada como una estaca de metal debajo del prolijo cuello del municipal.
La puntada lo paralizó de horror. Los ojos espantados muy abiertos y las manos desesperadas tanteando el pecho. El homicida salió disparado hacia el andén mientras el guarda se desplomaba como una bolsa desinflada; la gorra fue rodando hacia las vías y el cuerpo atravesado cayendo todo convulsionando dentro del traje celeste como un gorila pequeño alcanzado por un rayo.
Y ya en el piso se fue desparramando poco a poco, como si ya no tuviera esqueleto. Mientras tanto la gente gritaba enloquecida y el polizón corría como una tromba hacia el tren que se escapaba rumbo al oeste, ajeno a todo.
Lo vi treparse al techo y, unos metros mas allá, tirarse, rodar y correr hacia la villa 31. Saltó una pared bajita y desapareció en el laberinto.
Conmocionado, busqué con la mirada a los polis de atrás: se acercaban caminando muy despacio, envueltos en un silencio de cementerio.
Miré a la víctima: de la boca negra y gorda le brotaba un hilo de sangre mezclada con saliva mientras intentaba, inútilmente, decir algo a la gente que se agolpaba todo alrededor: -ajjjsjjcagrss-… -¡ajjsjjjcaaaggrssj!
Entonces dejó de agitar los brazos, hizo un globito de sangre en los labios, se tiró un pedo y cerró los ojos y se murió.
Me quedé unos diez minutos más viendo el tipo muerto en el piso, y entonces me fui… llegaba tarde para la clase de psicología.
Cuando regresé ya era de noche, diez menos cuarto. Y en Retiro estaba todo tan tranquilo y tan habitual que el recuerdo de esa muerte, de ese asesinato brutal frente a mis ojos, me pareció un mal sueño.
El parlante anunció: -Vía dos 22:05 rumbo a Pilar pasando por todas las estaciones-
Me subí al tren y me fui a casa.

Comentarios

Una muerte — 4 comentarios

  1. hace tres años me toco una balacera a tres cuadras de mi casa y ver un asesinato a solo unos mts. de mi quedo el cuerpo inerte de un hombre por el cual iban.asi que aveces la ficción alcanza la realidad.Gracias x compartir

  2. Una parte de este relato es cierta, otra no. Cuando uno ve la muerte tan cerca como vos la viste -yo la vi en un terrible accidente que tuve hace muchos años- entonces sabe que es muy fácil morir…