Mi propia muerte (1)

Más o menos fue así: venía a fondo con la bici por la calle Moreno, tres y media de la tarde, venía sin frenos adelante y con muy poco freno atrás, venía a fondo y ahogado por los casi cuarenta grados del 30 de diciembre, venía con un kilo de harina en la mochila, un salamín calabrés, cien gramos de aceitunas negras, cincuenta gramos de levadura y medio kilo de muzzarella… venía apurado por el calor y también por la mercadería.
Cruzaba Constitución -apenas peiné el freno trasero- cuando me embistió por la derecha un gran auto negro… casi ni me di cuenta del impacto pero recuerdo haber volado en un calidoscopio de imágenes confusas, recuerdo el tremendo golpe contra el piso y también recuerdo el ¡crack! que hizo mi cráneo desnudo al partirse contra el cordón.
 No dolía mucho, pero supe que me estaba muriendo cuando se apagó la luz, y aunque escuché al auto rajarse con un chillido de neumáticos quemados, percibí la piel cada vez más lejana… la piel cada vez más inalcanzable chamuscándose insensiblemente sobre el asfalto hirviendo bajo el sol.
Después, pasos y gritos… y más tarde, como en un sueño, la sirena de la ambulancia.
Y al final el sonido se apagó.
Todo se apagó.

Me despertó Kurt Cobain. Llevaba el pullover a rayas y las zapatillas de lona, el pelo rubio sobre la cara y la mirada azul; en la mano izquierda sostenía un pequeño ukelele con cuerdas de nylon y en la derecha, un vaso de jugo de tomate frío.
-¿donde estoy Kurt?- le pregunté
-hoy es martes-, me contestó, –martes 31 de diciembre del año 2013, llueve en Buenos Aires, pero todavía hay mucha gente sin luz-
-¿y el incendio en Villa Ventana?
-ya lo apagaron- me dijo.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Noté que su mirada era, de tan serena, casi transparente… algo me incomodó mucho y me apresuré a hablar para rellenar el silencio
justo ayer estuve escuchando In útero, Kurt, justo antes de la bici y del cordón-
-In útero es una mierda- me contestó –es tan mierda ese disco que hice lo imposible para que lo prohibieran acá en el paraíso, pero acá nada está prohibido-
-¿nada?-
-bueno, si… está prohibido prohibir-
-ahh… ¿y hay porro acá?
-hay-
-¿y sexo?-
-hay-
-y ¿Dios no dice nada?-
-Dios chilla si te quedás con las ganas-
-¡te perdonó el suicidio!
-no fue suicidio, fue la puta de mi mujer-…
Escuché que alguien se acercaba, me di vuelta y lo vi, gordo y pelado, caminando hacia nosotros con un libro en la mano y con la sonrisa beatífica del Buda: el Coronel Kurtz.
El coronel me estrechó la mano en silencio y se sentó a mi lado, entonces noté que estábamos en un habitáculo inmenso y blanco, tal vez era infinito… no se percibían los límites aunque hacia el cenit y muy muy lejos parecía verse algo así como un hermoso y distante cielo azul.
El coronel habló:
¿has contemplado la posibilidad de disfrutar de una libertad verdadera?-
-¿acá en el cielo?-
-¡esto no es el cielo!- chilló Kurt
es el paraíso, el paraíso puro y perfecto como una bala de plata en el cerebro- agregó Kurtz
-creo que quiero, en principio, amasar unas pizzas- dije
-¡te ayudo!- se ofreció Cobain
-vayan- agregó el coronel, y después -vayan y horneen también un budín de mango en honor a Cheff… cuanto lamento haber cortado la cabeza de ese muchacho…- agregó Kurtz como si recitara una de sus poesías.
Entonces cocinamos pizzas, Kurt me enseñó a manipular la libertad de los hijos de Dios a voluntad y materializamos la harina, las anchoas, la levadura, el salamín calabrés y las aceitunas negras. También materializamos cebollas y queso roquefort y cervezas negras y unos porros. Y el mango para el budín en honor a Cheff, que fue decapitado por el coronel Kurtz. Y materializamos tabaco. Y moscatel helado. Y hielo.
Horneamos dos pizzas, comimos juntos, Kurt y yo. Luego fumamos la hierba y el tabaco y vaciamos varias botellas de Quilmes Stout. Nos terminamos una botella de Crotta y recién entonces pregunté:
-¿estamos solos Kurt?-
-Estamos con el coronel-
-entonces ¿estamos solos los tres?
-por ahora sí-
-¿y hasta cuando?-
-hasta que no termines de quemar la inercia de todos tus deseos estoy sólo yo y el coronel-
-y… ¿como quemo la inercia de mis deseos?
Entonces Kurt hizo algo así como un pase mágico y frente a mi apareció TODO. TODO lo que me imaginaba estaba frente a mí, estaban todos mis deseos y la potencialidad de todos mis deseos, y TODO lo que necesitaba para llevarlos a cabo.
En realidad no estaba TODO: no había culpa ni prisas.
Me sentí abrumado. Me sentí confundido.
Me sentí feliz. Inmensamente feliz.
Entonces me dio sueño, saludé a Kurt con un abrazo -lo percibí casi angelical- y me recosté a dormir en medio de la inmensidad blanca.
Dormí sin sueños durante eones… eones de tiempo sin peso ni valor, eones de tiempo como semillas de luz y de fecundidades geniales color rosa.
 Desperté después de mucho tiempo, sintiéndome como nuevo, y entonces materialicé unos mates amargos.
Me llevó todo el día actualizar la memoria de mi carne y de mi piel.
Y recién entonces, sólo entonces, comencé con todo lo demás.

Los comentarios están cerrados.