Semilla

Hace frío.
Los copos blancos y furiosos vuelan alocados detrás de la ventana. El viento silba como mil demonios mientras yo sigo sola y encerrada entre las oscuras maderas de la casa fría, sobre la tierra congelada de una colina olvidada, una colina rodeada de afilados picos blancos, indiferentes y monstruosos.
Sola.
Me abandonaste muy rápido. Dejaste que el temor atrapara tu corazón y te escapaste sin más. Detrás tuyo partió todo lo que entonces fue mi vida: el deseo y la piel, el sabor y el temblor, el sonido, la visión… y el clímax de lo prohibido.
Y mientras tanto, olvidé todo acerca del amor.
Tres semanas sin vos y sigo desnuda. Tres semanas, veinte días, quinientas horas que me llevaron a entender que no soy nada, que no tengo nada, que no deseo nada, o tan sólo una cosa: morir.
Quiero morir por el hastío. Quiero morir porque no me alcanza. Quiero morir porque todo lo que junté fue un puñado de aire color rosa en una cajita triste con forma de corazón.
Estoy encerrada entre la loca exigencia de los fantasmas que yo misma alimenté, y sigo desesperada por algo que me ayude a olvidar, a escapar de esta cárcel, pero no hay nada.
Aún huelo tu cuerpo debajo de las sábanas, aún siento tus curvas bajo mis yemas, tu tibia humedad.
Por atraparte he olvidado todo lo bueno y verdadero, por tenerte he perdido mil identidades que eran mis mejores significados.
Y he olvidado el modo de la paz.
Ahora sólo me acompaña mi soledad y mi ruina.
Mis compañeros: el frío y el viento.
La nieve blanca tras el vidrio me invita a quemar lo que roe mi carne con los dientes de cien mil súcubos llorosos.
La ráfaga… un mensaje, una fuerza.
Sólo tengo un arma. Y un vehículo.
Esperaré… sólo eso puedo hacer: esperar.
El tiempo finalmente traerá la primavera.
Mientras tanto, dormiré. Y haré las paces con mis monstruos.
Moriré semilla.

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