Un dios salvaje

El río del tiempo y sus futuros, sus memorias y sus efímeros presentes que ya no son respiran atrapados en la mano temblorosa de un dios salvaje.
Este dios no es Dios.
Aquel, suave y magnánimo. Este, débil e incoloro, indefinible, salvo por lo rústico; inasible, salvo por lo doloroso.
Yo lo siento distante… burlón por lo envidioso.
Sonriente en la mentira.
Es producto de la bruma psicológica que cubre a la ciudad, de los gases tóxicos que emanan las máquinas, de las señales electromagnéticas que todo lo atraviesan, de las infinitas -e inútiles- opiniones en la radio y la TV.
Y del fútbol, por supuesto.
Dios, el verdadero, no se calla -aunque no habla-, ni se muda -aunque parece no estar-… y esa es una de las maravillas de ser Dios único, su ubicuidad consistente en hablar sin palabras y de permanecer sin estar. Raro.
Y lo otro, ese dios informe, necesita estar.
Suele, para ser, revestirse en materiales tangibles, en general oro o dinero.
Y si es dinero, prefiere dólares.
Estalla con las bombas de las guerras, penetra con los plomos de las balas, llueve con las fumigaciones que mata a los niños y deforma a los fetos en los vientres maternos.
Ama las medias de nylon -aunque no las usa-.
Ama la sangre derramada, el incumplimiento en los horarios, el cine mudo y el alimento desperdiciado. Ama -aunque es incapaz de amar- todo tipo de fluidez corporal, en especial si es culposa -polución nocturna-.
Yo suelo perder los estribos cuando lo escucho hablando a través de la boca de mis amigos.
Olvido que no es y que no tiene permanencia… morirá con la ciudad, con la tecnología, con el mero universo-mecanismo.
Muchas veces parece ser bueno… suele confundirse con el vino tinto, con el sonido de la guitarra, con el sexo.
Es propenso al llanto y al manejo de la culpa.
Algunos aseguran que es mujer… yo, que ni siquiera es hombre, aunque practique la misoginia.
El amor lo derrota.

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