Nuevo día en Potosí

El sol, recuerdo el sol de esa mañana límpida golpeando sobre el asfalto de la calle Oruro al salir del hotel “Jerusalem” rumbo al mercado, rumbo a la iglesia, rumbo al descubrimiento de un nuevo mundo llamado “Potosí”, nombre tantas veces leído a desgano en vetustos libros de historia en la otrora medieval escuela primaria de mi época; recuerdo también el movimiento, la interdependencia, el ruido de la calle febril pero que no molesta, porque es, ante todo, un ruido humano, muy lejano de las autopistas y aeropuertos y esos ensordecedores gritos insoportables de los motores a turbina o a explosión. Y no es que no hay ruido en Potosí, lo hay y es ensordecedor, pero es un ruido mucho más digno y elemental que el del mundo moderno, es el ruido de la modernidad dichosamente contaminada por una cultura ancestral que se niega obstinadamente a retroceder, un ruido moderno y al mismo tiempo antiguo, instantáneo, vertiginoso y también precolombino, lleno de rarezas con las cuales uno, que odia en parte el avance de esa modernidad que todo lo unifica con un color aburridamente gris, se siente a gusto. Y luego del sol llegaron las nubes y la lluvia junto con la caída del sol, lluvia torrencial, pero abrigados bajo el cielo transparente de la “Jerusalem potosina” esperamos a que detuviera su bendición para salir, ya por la noche, a comer unas “kalapurkas” súper picantes y extremadamente calientes en el inolvidable “Puka Wasi”, y todo eso para poder aguantar, una vez más, esa recurrente y casi infinita lluvia que parecía amenazar con instalar su cortina infranqueable hasta el fin de los tiempos.

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