Amigos

La vida pasa rápido, o tal vez el tiempo… aunque nunca sabremos si éste viene desde el futuro como una cinta sobre la cual desarrollamos nuestro drama o si en cambio fluye desde el pasado y hacia el porvenir como una flecha volando desde el útero hasta la tumba. Lo cierto es que no se encuentra el problema en esos dos extremos, uno está aquí, ergo, ha nacido… unodejará de estar aquí, ergo, morirá. Y esto se comprueba en la muerte de los que ya partieron, y se verifica diariamente en sus ausencias… entiendo mi muerte en la cotidianamente verificada ausencia de los que ya no están y que diariamente extraño. Pretender saber su paradero o su destino actual sufre de un infantilismo -y una imposibilidad- a toda prueba. Porque creo que el problema no está en los extremos, sino en lo que sucede entre esos dos insoslayables puntos liminares, y esto que sucede entre esas inexplicables instancias es lo que llamamos vida.
Con respecto a esta idea ya Charles Bukowski arrojó algo de luz: “El problema no está en nacer y morir, el problema es que hacer en el medio”, ¿y que hacemos? ¿que hago yo, en mi cotidianeidad, para intentar acaso resolver el dilema de ese tiempo fugaz, si éste fuera resoluble?… bueno, en principio hago lo que creo que hacen todos… me equivoco: lucho, busco, corro, disiento, me apasiono, establezco metas que luego pierdo o que abandono en algún punto del camino, rezo, imploro, me presiono, lloro, creo reglas que en un instante me liberan y que al siguiente me aprisionan como una soga al cuello, intento establecer una verdad, una ideología, un piso, una fe, pretendo estar parado sobre un suelo firme aunque sepa que estoy rodeado de arenas movedizas hasta el infinito. Siempre, en algún momento de este presionado devenir, padezco la conciencia de lo fútil, de lo inútil, la triste y desvencijada iluminación de ser una extrema y casi ridícula pequeñez que respira oxígeno en un escenario astronomicamente y majestuosamente incomprensible. Entonces me hundo y me encierro, me llamo a silencio y abandono toda posible resolución.
Y, en realidad, la solución está a la vista, casi frente a la nariz -la etimología de la palabra obvio es “frente a la nariz”-, porque tal vez la solución del buen vivir en el paso del tiempo no pueda ser resuelto y uno deba abandonar toda pretención de explicación, casi podríamos definir a la vida como un suceso inexplicable, absolutamente impermeable a toda lógica. Y, entonces, ya hay algo que está más claro, nunca vamos a entender ni donde estamos, ni porqué, ni para qué, ni donde vamos luego de que nos vamos. Y ya esto, mis queridos amigos, es una clara liberación, un mojón, un hito.
Entonces, lo primero: no puedo tomarme muy en serio a mi mismo si no existe en realidad ni un cuando ni un cómo ni un porqué; no puedo darme el lujo de correr tras la zanahoria -la hortaliza funciona a modo de metáfora, puedo ir perdidamente tras cualquier cosa que me haga sentir un irreal significado: puedo correr tras la santidad, tras el poder económico, tras una revolución o un arte, da igual- si mientras corro dejo caer en el camino las verdaderas experiencias que, sin explicarme nada, me llenan de dicha el inexplicable vivir, porque ¿a que otra meta puede aspirar un ser humano inteligente si no es la de ser feliz?… ya lo dijo el Rey Salomón en el Eclesiastés: “Reflexioné en todas las obras que había emprendido y en todas las molestias que me había costado su realización. Pues bien, no se retiene nada, se corre tras el viento ¡no hay nada que ganar bajo el sol!.
A veces nos dejamos llevar por esa estúpida corriente que fluye tras innumerables hortalizas y no nos damos ni tiempo para estar un rato con los amigos. Porque, en realidad, el motivo de estas líneas son ellos, mis amigos, y en el contexto -la vida- antes presentado. Ayer fuimos a cenar a una parrillita en el barrio de Monte Castro, bueno, como siempre, excesiva la mesa: eramos ocho y nos tomamos ocho botellas de tinto, más la carne y las papas fritas y las ensaladas y las velitas y el agua bendita que trajo el animal. Y la dicha, la magia, sí, magia pura, porque te encontrás con los mismos tipos que se sentaban, hace 25 años, alrededor tuyo en una clase y en un colegio ya olvidado, y, sin llegar a entender nada de lo que pasa, todo -la vida- se llena de significado. ¿Que más puede uno pedirle a la vida si goza de unos amigos que son ya como hermanos y que son más ciertos que todos los dogmas y las banales filosofías que, en su arrogancia, intentan definir el todo mientras confunden lo que sea porque ya no explican nada?¿que más puedo agradecer si hoy, viernes, salí de la cama con una sonrisa de oreja a oreja por tener esos amigos y por la noche de anoche que me regalaron en esa parrillita perdida en un planeta perdido en un universo que no tolera ninguna medida? Hay una canción que escribí hace muchos años pensando en ellos mismos -y que nunca, hasta ahora, tuve la oportunidad de cantarles- que dice: “Hay amigos que el tiempo convierte en hermanos, como el vino añejo, en odres de cuero y de fé; hay recuerdos que siento que valen más que el pasado total, y la luz del sol, y la sensación de que el tiempo se echó a rodar”
Bueno, me voy, agradecido, adjunto la foto que hizo anoche el mozo de la parrilla con la cámara del Tata y que le acabo de robar de su facebook. Y parece que en Mayo nos rajamos todos a Villa Gesell para pasar un fin de semana como Dios manda, ahí nomás del mar y con carbones encendidos y la música de las risas y la carne en la parrilla y las botellas sin corcho. Y la magia, bendita magia de tener estos amigos que, sin explicar nada, me llenan la vida de significado. Amen.

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