Pedaleando tras Ligeti (de Caseros a Devoto)

La parte menos formal de la noche: unos grafittis bicicleteros que engrosan las filas de los que ya atesoro en anteriores entradas; la sombra de los rayos de mi rodado 28 en los baldosones de la estación Devoto del tren San Martín; mi chica posando a bordo de su “dos ruedas”, sonriendo en blanco y negro; un policía-manchón-rojo (no podía ser de otra manera, la poli es, para mí, sinónimo de sangre derramada impunemente) pelotudeando con su puto celular; el pequeño demonio de la TV con su repugnante carita vomitiva… y miles y miles de hadas campanitas revoloteando alrededor del manubrio plateado de la bici que me acompaña desde mis 15 años… ¡cuantas calles, cuantas horas arriba de ese vehículo de ensueño, pedaleandole a la vida como a la contra, creyendo encontrar a Dios entre la brisa y la textura de miríadas de grillos cantores que acrecientan el silencio de las noches llenas de luna y de madrugada…!
… Y el viejo sonriente desde la pared gimnasta del barrio santo, saludándome al pasar como si todo fuera nada… hubo que esperar a que se muera y a retratarlo desde la imaginación para verlo sonreír… igual, pobre viejo: demasiado castigo post mortem ser inmortalizado por estos artistas plásticos que “embellecen” las paredes de 3 de Febrero ¡que horror!

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