Adiós a Cachi

Como la canción, todo tiene un final. Los últimos dos días en Cachi nos dedicamos a recorrer el pueblito, visitar sus museos, caminar por los alrededores más cercanos, comer empanadas y tomar cerveza. Y a escapar de algunos de sus perros más feroces y, por supuesto, a hacer fotos. El último atardecer nos regaló unas increíbles nubes multicolor que avanzaron flotando sobre nuestras cabezas como gigantescos titanes amorfos; por la noche, ya plena de estrellas, cenamos sandwiches de queso de cabra y salame milán sentados en un banquito de la plaza; luego hubo cerveza salteña bajo una fina e intermitente garúa que parecía querer competir con el siempre presente brillo estelar. Y luego el caminar rumbo a la cama, muy despacito y sentido caminar, tratando de atrapar en la retina y rumbo al disco duro general toda esa sencillez de ensueño. Por la mañana, domingo, salté de la cama a las ocho para estar en la misa de nueve como un boy scout… no podía dejar de perderme la santa celebración entre esas paredes centenarias, entre esa gente tan cierta, entre esas caras llenas de una fe que les fue dada -e impuesta salvajemente, por cierto-. Me asombró la cantidad de gente, la gran fe de esas personas, las oraciones a coro, el responsorio tan sentido y perfecto… y me desagradó muchísimo el cura con su homilía superficial y tristemente generadora de culpa, como si esa pobre grey, tan despojada, necesitara de culpa. En fin, mi chica me pasó a buscar a las diez por la puerta de la iglesia, nos comimos unas porciones de tarta que vendían unas monjas por dos mangos, y salimos rapidamente rumbo a Cachi adentro por otro camino del que habíamos ya transitado. De camino nos cruzamos con la bodega Isasmendi, en donde nos ofrecieron un par de copones de la mejor sangre de Cristo que probamos en esas tierras. Así puestos seguimos pateando camino adentro, y entonces se nos acopló el pequeño gatito de las fotos. Con él caminamos cuadras y más cuadras, cruzamos campos entre plantaciones de tomate bajo el sol del mediodía; luego, medio perdidos, charlamos con un indio acerca del mejor modo de cruzar a campo traviesa. Re capo el indio, tan capo que finalmente él mismo nos acompañó hasta cruzar el lecho del río Las Trancas, río rápido, turbio y helado y, también, nos hizo el gran favor de quedarse con el gatito, porque el pobre fue incapaz de seguirnos a través de las aguas. Momento inolvidable el de ese río y el de ese viejito sabio que era pura sonrisa y paz… finalmente trepamos y trepamos hasta la otra carretera y regresamos exultantes hasta Cachi, en donde todavía tuvimos tiempo de comer una tanda más de empanadas en un bar de lo más criollo antes de subirnos al bondi que nos regresaría, a travez de la cuesta del Obispo, a Salta capital, para desde allí rumbear para Tilcara. Pero esa es otra entrada.

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