Desde el tren

Veloz metáfora de la vertiginosidad de la vida el tren, desde donde uno puede contemplar el paso de todas las cosas y de las personas que desaparecen hacia atrás para no volver. “No entrarás dos veces al mismo río”, dice el discípulo del Tao, y así es el tren. Puedo recordar mil viajes a bordo del “gallo de hierro” y, sin embargo, ninguno igual; cada viaje con su atmósfera sui generis, su color, su estado mental, su clima, su horario, su luna, fumado o no, sus Pléyades sobre el puerto, llorando o no, sin astros y encapotado, apurado o sentado en el estribo como quien espera, en su relajo, el triunfal descenso de la Jerusalem Celestial. El tren es la vida en ejercicio, es el infinito entre dos rieles, es el mundo proletario, es el dichoso atraso pre moderno y también el riesgo de, en una ciudad como Buenos Aires, ya nunca regresar, pero es, ante todo, poesía… y esto lo puede entender quién no espera de la vida más que la paz interior, el amor por todo y todas las cosas y la esperanza de la resurrección. Por eso viajo en tren, porque me ilumina y me obliga al recuerdo. Y ahora las fotos. Son de ayer, jueves 7 de marzo, y están así porque así me gustan. Digo, pienso… ¿me gustan?, entonces no sólo me gustarán a mi… sigo pensando… ¿es acertado, fotográficamente hablando, realizar este tipo de tomas con larga exposición, vertiginosas y casi amorfas?… respuesta: ni me importa. Que los fotógrafos me cuelguen; yo, mientras tanto, voy a seguir tras la zanahoria elemental, que es la plena certeza de que casi nada importa un carajo… y que se pongan serios y arreglen el mundo los demás, los ciertos y los serios, los que dan cátedra sobre todo y que saben mucho más que yo de hacer las cosas como se deben. El tren es el bienamado San Martín, diesel, de Retiro a Caseros, 20:30hs… al fin y al cabo otro viaje único y elemental para archivar en el disco duro mental.

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