Adiós a Navarro

Esa mañana salimos de la cama y nos fuimos directo al salón comedor para desayunar; luego dejamos el hotel previa llenada del termo, y salimos caminando hasta la laguna en plan de despedida antes de partir.
Pateamos por la ruta hasta el restaurante del Golf Club y desde allí regresamos, cruzando el puente prohibido, bordeando el agua desde el extremo, justo donde comienza el balneario.
Es el último domingo de las vacaciones de invierno… en los alrededores de la laguna las familias están apiladas a montones, encendiendo el fuego para hacer asado y jugando un fútbol improvisado; los chicos corren en grupos desbocados, riendo salvajemente y a los gritos; las señoras gordas arman sandwichs multicolor siempre excedidos de mayonesa, como debe ser; jóvenes parejas matean y rascan una viola entre besos tempranos, las birras están destapadas y los tintos dudosos servidos en vasos plásticos; nuestros amigos perros caminan todo alrededor mangueando comida a los humanos reinantes -uno de ellos nos reconoce y nos acompaña un par de cuadras-, el sol de mediodía brilla sobre la laguna con destellos de ensueño mientras los botes echados en silencio esperan la época de pesca… en fin, día de fiesta, día de reunión navarrera y dicha. En esa caminata fumé mi último cigarro. Y dejé en el recuerdo -y para siempre- las vacaciones invernales del 2012.
Luego cruzamos en silencio la ciudad muda de siesta hasta la plaza, y al rato nos subimos al 136, que en unas horas nos dejó en Merlo. Y allí trepamos al tren Sarmiento, que logró, en su imagen de descarada miseria, destruír el espíritu festivo que todavía lograba sobrevivir en nosotros…

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