Cachi de noche

Una de las sensaciones más hermosas que uno siente mientras camina en Cachi de noche es que el pueblito parece tener luz propia, una débil y amarillenta iridiscencia dichosamente fantasmagórica que emana desde las paredes de las casas, desde las ventanitas, desde los bancos de las plazas… hasta los perros, libres como el viento, parecen brillar. Y entonces uno cae en la cuenta que esa iridiscente falta de luz incide directamente en el simpre presente devenir temporal, que se va diluyendo sin más entre las innumerables sombras que pueblan las piedras y los campos silenciosos de todo alrededor, mientras los astros compiten desde lo alto brillando del mismo modo que el pueblito pero con una eterna luz plateada e infinita. Ya a las nueve de la noche, mientras se deambula por ahí o se cenan esas empanadas siempre perfectas, la banda de sonido es de guitarras y de coplas, y mientras uno quiere creer que puede detener finalmente el reloj para no tener que nunca más partir, la cerveza salteña o el “Domingo hermanos” se va subiendo a la cabeza y la sensación en el corazón es de felicidad pura, de paz sencilla, y también de certeza que reza que tres días es muy poco tiempo para pasar en ese pueblito de ensueño, que se necesita más, mucho más, semanas, meses… uno desea perder la identidad porteña definitivamente entre chichas y tamales, entre sombras y silencios amarillos.

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