Amanecer en Potosí

Ese día me desperté, sin aire, pasadas las cuatro de la mañana. Conseguir el oxígeno necesario al dormir a más de cuatro mil metros de altura exige un cambio importante en el ritmo respiratorio que el cuerpo no acostumbrado se ve incapaz de sobrellevar. Por lo tanto, cansado y muerto de sueño, salté de la cama y me fui a caminar por la periferia de Potosí en el horario en que todo pasa de la calma total al movimiento. Me clavé Stereolab en el mp3 y salí buscando perderme en la parte menos turisquera de la ciudad. A mi alrededor frío, mucho frío. Y la gente llendo a trabajar en silencio, los camiones procedentes de los campos descargando toneladas de maíz en la estación de trenes, las cholas con sus carretillas repletas transportando frutas, los perros bagabundos y felices esperando un hueso de pollo o algo para engañar el estómago. Ya a las cinco de la mañana daba la sensación de que la ciudad trabajadora no había dormido, que el trabajo por el sustento cotidiano era un continuo, como el cielo, como las papas. Finalmente logré mi objetivo: me perdí. Luego de preguntar logré retornar a eso de las nueve de la mañana, con la promesa en la mente de un exuberante desayuno en el piso superior del hotel Jerusalem, chocolate caliente y sandwichs de jamón y queso, junto al pesebre infinito y el techo transparente.

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