Carne asada -y demás- en “Lo de Charly”

Acabamos de regresar, cuatro de la mañana… nos sentamos en la mesa a las diez de la noche y nos levantamos a las dos y media de la mañana; nos chupamos tres botellas de Malbec -sí, tres- y comimos papas fritas hasta reventar, dos ensaladas de reputamadre, gigantes, extremas, mixtas como ley de igualdad de género y al punto de traer choclo, rúcula, chauchas, huevo duro, rabanitos, lechuga, cebolla, pepino, tomate, zanahoria, ajo, remolacha…, y también comimos un mix de chinchulines, vacío, morcilla, bife de chorizo, provoleta… y nada más porque uno explota, pero daba para todo lo que sigue: asado, lechón, ajíes, chorizos, pollo, pechito, bondiola, riñón, mollejas- porque la parrilla es libre -gastamos en total $230- y, aparte, está abierto ¡las 24hs!…… argentinamente demencial, liminar, aglutinante, casi vomitivo…. y, por supuesto, maravilloso… ¿no?
Yo sé que este país es un Caos; viví la híper de Alfonsín; la muerte eterna del final del turco que no voy a nombrar por el odio que me inspira ese asesino hijo de remil putas; el patetismo inepto de De la Rúa y El Colapso Total del 2001…. siempre lo fué, un Caos superlativo, una timba je, je, jé, un ejemplo magistral de entropía política; pero la verdad es que no lo cambio por nada ni por todo ni por ninguno. No he viajado mucho, pero he esperado un bondi en Florencia pasadas las cero horas -estamos hablando de una ciudad que existía cientos de años antes de que Colón llegara a América, y en su haber los Médici y el Papa y Rafael y Da Vinci- y tener que volverme a pata más de 30 cuadras y sin solución posible porque después de las doce bondis no hay…; conozco Chile, Uruguay, Brasil, un poquito de Bolivia… y si Dios me da vida volveré a todos ellos, porque amo Colonia, Montevideo, las Torres alienígenas del Paine y la bruma melanco de Valdivia y las langostas vivas de Puerto Montt, tanto como amo la transa electrónica de Ciudad del Este y los colores indígenas y puros, aún muy frescos, de Villazón… pero me quedo con la Argentina. Y no tiene que ver con una triste bandera hipócrita ni con el lánguido color del cielo tonto ni con el himno saborizadamente europeo que se encargó por decreto presidencial porque sino no había nada… tiene que ver con que acá está todo lo que necesito. Y en exceso. Y porque cada vez que me voy siempre falta algo, o mucho, o está mal hecho, o mal cocido, o suena mal; o simplemente la envidia lo transforma en una puta mala leche. Y porque sé que con seguridad en ninguna parte del planeta voy a encontrar una parrilla que esté abierta las 24 hs -del día y de la noche también, diría el difunto e impresentable Herminio-, ni un bondi que me traiga desde el culo del mundo hasta la esquina de mi casa -el 123, fiel como perro relojero- por menos de dos mangos. Y todo esto a mucha honra y sin orgullos patrioteros del culo ni banderismos del orto. Porque entendemos -mi chica y yo- que acá, en este país tan injustamente mal juzgado por sus habitantes, hay mucho para disfrutar y para encontrar, si se quiere, fácil felicidad mientras se espera el sobretodo de madera. Y olvidando la radio y la TV y el diario y el facebook demencial y la mala onda crónica y enferma, vamos viendo y disfrutando la comida, limpiándonos la grasa de la boca con el escudo humano y mudo y con la marchita cansadora y con la vetusta revolución armada, siempre tan aburrida y ajena como servilleta de papel tissue…. en fin, y para terminar que viene la fotito…: “esta sí que es Argentina”; “yo en Europa nunca cogí como acá, acá cogí más ¡whaaaaa!”…..”yo quiero a mi bandera… planchadita, planchadita, planchadiita”…….

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