Primer día en Ciudad Blanca

Ya el bien amado Melville la honra en su “Moby Dick” y le rinde pleitesía por su blancura -en la obra de Melville la blancura es una metáfora del espanto -la ballena ubicua y desaforada, la espuma que deja a su paso bajo la luna también blanca, el cielo ecuatorial fulminado y muerto entre semanas de inacción desesperada, los demenciales ojos de Ahab enfermos de dolor y de venganza- pero nada de espanto encontré en Sucre. La tarde que llegamos, luego de dejar Potosí atravesando bellos prados verdes rodeados de montañas y pequeños poblados, estuvo apareciendo últimamente en mi memoria… porque Sucre, la Chuquisaca capital en donde comienza la historia de la hermana Bolivia, se tomó su tiempo en germinar en mi interior. Recuerdo, ante todo, el mercado: las especias, los jugos y licuados, el tamaño de las frutas, los platos picantísimos, las tortas que, de tan multicolor, parecían visiones de ácido de alguna pesadilla repostera… y el cementerio, y las calles sinuosas, los ausentes semáforos, las numerosas misas -casamiento incluido- y ¡los bares!…… mi envidia porteña de esos bares que, en esta argentina fatalmente encinta de una modernidad que detesta las huellas del pasado, no quiso dejar con vida. Hace unos pocos días, unas pocas horas, diría, caminaba por avenida Corrientes cerca de la estación Medrano del Subte B cuando el brillo del sol reflejado en la vidriada de un edificio –demasiado moderno, demasiado aséptico-  me transportó inmediatamente a esa primera tarde en Sucre. Y bueno, ya saben, el suspiro y la nostalgia de extrañar la tierra lejana en donde uno dejó un pedacito de su corazón y de su tiempo… y enseguida el inmediato deseo de, por lo menos una vez más, poder caminar esas calles plateadas, calles blancas, calles silenciosas y espejadas bajo la lluvia nocturna de enero… calles entrañablemente subdesarrolladas.

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