Escenas para un tiempo cronológico -Taller 2-

Luego de la sierra fallida por el siempre despiadado tiempo métrico –del nacimiento a la tumba-, pensé que, tal vez, lograr el tiempo cronológico en una obra musical podría funcionar si imaginaba una escena.  Me dije que dicha escena debería comprometer mis emociones. Entonces pensé en Borges, con sus ruinas circulares y con la vertical e infinita biblioteca de Babel, repletos sus anaqueles con todos los infinitos libros posibles, en todos los idiomas posibles, los idiomas que existieron, que existen y que existirán. Luego presencié el desembarco de La Viuda Ching, pirata, en la nave Imperial, la zorra arrodillada frente al dragón implorando por su casi imposible perdón; más tarde brilló el Aleph entre risas y mentiras bajo la escalera mohosa… y, casi como un recuerdo, caminó entre las sinapsis de mi mente el hombre inmortal fatigando desiertos, Joseph Cartaphilus buscando un río, Joseph Cartaphilus buscando ese justo y preciso río, ese que le devuelva la dicha de ser, como todos, un muerto que habla con muertos… Borges tristemente se agotó y nada de él logró la música que necesitaba; entonces Ahab apareció en escena a bordo del Pequod  persiguiendo a la ballena blanca por todas las vastas aguas planetarias bajo la luna plateada. El chorro blanco, la estela blanca, la sangre y el acero… pero tampoco pudo el sensible y demente capitán aportar lo que yo buscaba. Luego pasaron Bradbury, Lem y Stapledon, todos con igual suerte. Descorazonado vislumbré al fin un huerto, un huerto nocturno: un hombre tiene miedo, hay árboles de olivo que sueñan con un Dios que reza bajo las estrellas apagadas mientras la escarcha quiebra las hierbas que mueren; hay brillos amarillos de antorchas que llegan y hay una traición, un beso, hay odio, hay cadenas, hay látigos, coronas, clavos y espinas… y al final, una Cruz. No puedo saber dónde me llevará esta música que recién comienza, pero está claro que, emocionalmente, logré encontrar, en la realidad, la semilla musical que buscaba entre escenas de ficción. Esta escena, la del Hombre-Dios que padece su agonía porque sabe lo que la mañana traerá, es suficiente, por si sola, para componer la música del Cosmos entero.

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