Salta capital (1)

Llegar a Salta capital es como llegar a cualquier gran ciudad: ruido constante, tránsito enloquecedor, docenas de colectivos, humo, plazas, policías, semáforos, lagos, tiendas, aeropuerto, hoteles, terminales, hostales, ferias, bares, micros, peñas, peatonales, mucha gente, mucha suciedad, exceso…, pero como cada gran ciudad es también única en su especie, Salta aparece a primera vista como poco seria, quiero decir, alegre; también indiferente en su movimiento perpetuo, amarilla y burbujeante.
En el aire es constante el olor de las empanadas y del relleno de los tamales, las iglesias abundan, la plaza principal está rodeada de unos barcitos que ganan el empedrado como en cualquier capital europea… rodeada de cerros húmedos siempre coronados por una infaltable cruz cristiana, llama la atención la variedad del color, la genialidad de los grafittis, el tamaño de las nubes y la cantidad de gente en las calles incluso muy pasada la medianoche. Recorrer cualquier avenida es una sucesión antojadiza de locales inverosímiles: una carpintería, una pizzería, una iglesia, una peña, una zapatería, un puesto de empanadas, un kiosco, un taller mecánico, un templo evangélico, un supermercado, una peluquería, una feria artesanal, una vía muerta, un bazar, un sex shop, un baño público, un hotel, una santería… uno tiene la sensación de estar en una caótica ciudad que fué creada hace media hora y cuyo ingrediente escencial son sus profundas raíces precolombinas, mezclada en una gigantesca bolsa multicultural y derramada sin más orden que el del más puro azar…
Salir a caminar por los barrios escapando del centro muestra una sencillez que enamora, una cualidad espacio temporal que sosiega el alma y regocija la visión, y si uno tiene la suerte de ser atrapado en esos rumbos con una lluvia repentina y un cielo negro y gris, las ventanitas siempre floreadas de las casas bajas invitan a espiar en universos que uno adivina construídos con esa dicha que es de mates amargos, de parra y de tortas fritas calientes, mientras se espera tristemente que pase el chubasco y se desea, en realidad, que no afloje nunca más.

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