El cementerio de Ciudad Blanca, cena y música electrónica

Creo que me gustan tanto los cementerios porque su población es muy silenciosa… allí no hay opiniones, no hay celulares, no hay dinero, bancos ni financieras, no hay carreras ni prisas ni metas; entre la población del camposanto no existen querellas políticas, tampoco familieras, ni futboleras ni religiosas -que, para los de afuera, es casi  lo mismo-. Por eso no podíamos dejar de visitar el cementerio de Sucre, en donde pudimos constatar que sus habitantes permanecen en un silencio tan profundo como en casi todos los cementerios del mundo -existen otras bóvedas llenas de carroña en donde sus habitantes gritan y berrean su oratoria de mercado buscando otro cuanto más de poder, pero esos muertos aún respiran-… Entonces esa tarde salimos del hostel pasado el mediodía y subimos caminando, siempre rodeados de la ya acostumbradísima falta de aire boliviana, por calles que se fueron transformando en callecitas, con sus paredes blanquísimas y sus techos de teja colonial. Luego de recorrer el cementerio y pensar que en cada tumba está el futuro, regresamos pateando por unos barrios silenciosos -aunque llenos de vida- hasta rodear el centro de la ciudad y llegar al mercado multicolor por el lado de la terminal. Bajo un cielo siempre majestuoso y lleno de nubes gordas de nostalgia, esperamos que se vaya el sol y ya bajo las estrellas salimos a cenar a un restaurante criollo de lo más rico y de lo más sencillo. Y para finalizar, unos tragos en el bar, en donde un Deejay muy joven logró que olvidáramos las barbies, los vasitos de zingani y los ositos de peluche entronados en las criptas.

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