Una tarde en Tarabuco

Caminamos desde el hotel hasta la parada del micro que sale rumbo a Tarabuco. Atravesamos la Ciudad Blanca en una mañana de domingo de persianas cerradas, de brisa fría, de sol demoledor. Nos sentamos por ahí a leer un diario chuquisaca -las noticias son siempre las mismas, no importa donde uno vaya- y subimos callecitas combadas como serpientes precolombinas hasta ver Sucre por debajo de nuestros pies. El micro salió pasado el mediodía con su heterogéneo cargamento humano y enseguida empezó a llover… una lluvia serena en una ruta solitaria con un escenario de contornos infinitos. En la radio la música vibrando como un gancho directo a mis oídos –Jimmy Page, Michael Stipe, no sabía que ustedes eran bolivianos también-; frente a mi, un muchacho de amplia sonrisa de dientes blancos, muy cerca de mis ojos, pero lejos, muy lejos, tan lejos que la conversación resulta imposible, tan lejos que mas tarde baja del micro en el medio de la nada y de la lluvia, y camina vaya a saber uno rumbo a qué sitio olvidado del idioma colonial y del tiempo que nosotros llamamos real. A mi izquierda alguien, ajeno a mi sentir, se aburre jugando con su cámara de fotos. El tiempo se detuvo unos momentos en ese micro, ayudado por las praderas húmedas y las gotas de lluvia detrás del ventanal. Un poco más tarde llegamos a Tarabuco. Bajamos a tierra y caminamos hasta la plaza: telas multicolor, olor a la comida, turistas, la iglesia de rigor. Entramos en el mercado y almorzamos una carne de lo más rica y picante, y luego, salimos a caminar el pueblo bajo la lluvia ahora intensa. Villa San Pedro de Montalbán de Tarabuco fue fundada el 29 de junio de 1578, pero caminando sus calles solitarias y austeras hasta el extremo uno llega a creer que ha sido fundada esa misma mañana. O mejor, que nunca lo fue. La materia prima que compone Tarabuco, mi experiencia de Tarabuco y mi recuerdo, es indudablemente el tiempo, pero ese tiempo está desprovisto de prisas y objetivos. Ese tiempo, también, es un pariente muy cercano de la eternidad. Hay más… gente de amplias sonrisas y casas que bastan con sus ladrillos horneados al sol y sus pisos de tierra. Como en todos lados, hay perros en la calle, y como en todo Bolivia, esos perros se ven bien, tranquilos y alimentados. Caminamos hasta llegar a los confines del poblado, donde las calles se transforman en campo y las casas en ventarrón. Volvimos hasta la plaza y los turistas, tomamos un micro de regreso a Sucre, y al llegar al hotel, con Tarabuco ya a mis espaldas, creí haber olvidado algo entre sus calles vacías de necesidad… algo que no sé definir exactamente, pero que, por algún entrañable motivo, sirve para evocar la nostalgia y preñar el deseo de vivir.

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