Atardecer en el Congreso

Cada vez que paso cerca del Congreso no dejo de pensar, maravillado, que hay miles de argentinos que lo cerrarían para siempre con mucho gusto. Vivir en un país como la Argentina, un país que fué tan bien adiestrado en la opresión y el desprecio por las diferencias, puede llegar a ser a veces muy ingrato. Basta escuchar a la gente llamando a una radio cualquiera o leer las publicaciones del facebook: muchos compatriotas ruegan a Dios que este gobierno se hunda porque rechazan de plano todo respeto por las diferencias -vale aclarar que si se hunde el barco se ahogan hasta las ratas, pero eso es un mero detalle de su insana mente represiva-; el argentino es tristemente monocrómico, no concibe la realidad más que en términos de blanco y negro. Si alguien no trabaja es un vago y si alguien progresa es un triunfador, el progreso económico es prueba de respetabilidad y el ser pobre una habilitación para el escarnio. Y la oportunidad nunca es una reflexión, es tan sólo una dudosa palabra en el diccionario. Es el discurso de occidente, la hormiga bíblica, ir a la bandera y la vaca lechera… y sin embargo en los últimos años estamos, como nación, en la vanguardia mundial del respeto por los derechos humanos y por las múltiples y policrómicas diferencias. No se lo debemos a éstos apóstoles del rechazo, por cierto, sino a los que creen que la libertad, como dijo Jesús, nos hará libres. Pido y brindo, a diez años del cadalso, porque esta sana inercia perdure y no sea motivo, en el futuro, de más muertos en nombre del orden represivo, de la patria abstracta, de la condenada familia y de la putísima tradición. Amen.

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