Trenes

Amo los trenes. Siempre amé viajar en tren y caminar por las vías. Mi vieja me cuenta que cuando llevaba a mi hermana a Inglés -yo tenía tres o cuatro años- en vez de regresar a casa, que eran unas pocas cuadras, yo le imploraba para ir a la estación Caseros a ver pasar el tren. Entonces nos sentábamos a esperar que llegue alguno desde Retiro a Pilar o al revés, y si por ahí tenía la suerte de enganchar un rápido que pasaba desde el centro a toda máquina hacia su próxima parada que en ese entonces era Hurlingham, yo, exultante, lo corría sacadísimo por todo el andén, a toda máquina también, saltando y riendo de alegría, embriagado por ese tonelaje de poder, por ese amasijo de hierro y acero y combustible humeante, el más romántico de los transportes proletarios. No sé porqué me gusta tanto el tren, tal vez sean las vías: esas dos lineas rectas que nunca se juntan y que uno se imagina continuando así hasta el infinito, juntas a la par, como las columnas del templo de Gibrán, como el amor maduro y verdadero… ni muy cerca ni muy lejos, justo en equilibrio… o tal vez la extrañeza que se siente al saber que la misma vía que se pisa en Caseros es la misma que en ese instante alguien pisa en Retiro o tal vez en Pilar… como si esa íntima conexión atemporal prefigurara, soslayando A Einstein y su vértigo sin sitio ni relój, un mismo tiempo universal y vibratorio, una hermandad férrea por un peso nomás, una película en cada puerta y en cada ventanilla con una banda de sonido a pura percusión y de lo más exquisita.
Estas tomas son del jueves 15 de diciembre y justo después de la lluvia; me fuí caminando por las vías del San Martín desde Caseros hasta Devoto, en donde me esperaban unos amigos para comer unas pizzas y despedir el año.

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