Una olla a presión -cada día más alien-

Bendito jueves que das paso al viernes de pocas clases de canto y de guitarra, viernes que a partir del mediodía brindará el merecido descanso de la semana demencial, pies en remojo y mente en blanco. Particularmente hoy he sentido el efecto de la temperatura casi llegando al punto de ebullición en la calle, en el subte, en el otoño que muere pero que nada ni nadie parece enterarse porque sube y sube el termómetro hacia regiones liminares, regiones en donde se pierde la conciencia y la voluntad y las ganas de seguir y de retomar el camino y hasta de sobrevivir, porque en esta sociedad occidental, capitalista, creyente, moral, derecha y humana ya no hay sitio para la sensibilidad… sólo la guita y las tetas y la señal del celular y el fulbo y un culo bien dibujado, y la muerte en la calle y en el tren y en la villa y en el descampado… la muerte de la mano del padre y la manchita de sangre en el colchón. Y todos en mangas cortas a unos días del mes de Julio. Luego el teléfono que suena y chilla y que trae más problemas, problemas prestados, problemas heredados, indignidades que, en detrimento de la sinceridad, convierte a los amigos en enemigos en un soplo… en fin, jueves de olla a presión, de JFK en la mente -si mataron a JFK del modo que lo hicieron ¿no podrían meter una bomba en el puto tren Sarmiento, en este puto culo del planeta?- la DESCONFIANZA frente a los curas, a los polis, a los ratis, a los periodistas, a los zurdos, a los profes, a los bomberos, a los fachos, al gobierno, a las balas de goma, a los que odian al gobierno, a los políticos, concejales, gobernadores, asesores, abogados, arquitectos, médicos, conductores de ambulancias, kiosqueros, limpiadores de pisos en los baños de Retiro, lustrabotas, fotógrafos, prostitutas, taxistas, guitarristas, al ¡diario!… a la radio, a la TV, a los psicólogos y a los etnólogos y a los proctólogos y a los latifundistas, al campo, a la ciudad, al cielo, al centro y al infierno satanás, rojo y calcinado satanás vigilante en su Pandemonium sin centro y con el perro Cancerbero esperando en la puerta sellada a que pasemos cruzando la 9 de Julio para mordernos los pies, roernos el miedo, porque hoy he entreverado el palacio de la bestia mientras el obelisco se elevaba a mis espaldas, mientras Mauricio convierte la capital federal en una obra infinita, mientras los automóviles atropellan a los transeúntes y los transeúntes se atropellan a sí mismos y las bicicletas amarillas llenan las sendas como un caudal desbocado de rings rings imposible de preever ni soslayar. Olla a presión. Dicen que a lo más que podemos aspirar es a ser civilizados. Yo quiero regresar a la época en donde nos iluminaban las velas y la música era en vivo, porque no había electricidad. O regresar a Coroico y sentarme toda una tarde a ver flotar los gallináceos en el cielo boliviano mientras armo unos churros gordos como bolígrafos y abundantes como el maná judeo cristiano. Esta semana -y hoy aún es jueves-, fundí bielas. Necesito NADA… esa NADA que brota desde lo primordial, esa NADA primordial que cada vez se extraña más entre los espejismos que nos intentan vender desde los afiches, desde las imágenes de la multipluralísima y archiegotista y traidora e ideológica publicidad. Cada día que pasa me siento más extranjero, más solo, más bicho, más alien. Menos mal.

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