Adiós a Sucre

Si uno lee “Las venas abiertas de américa latina”, siente el destino nefasto de ciudades como Sucre o Potosí; la explotación de sus recursos al extremo, de sus habitantes harto empobrecidos, de sus tristes dignidades pisoteadas como colillas de cigarros… podría decirse que américa latina, en su saqueo mudo e inmoral, financió el desarrollo y éxito del, moralmente hablando, mal llamado “primer mundo”: Europa y Estados Unidos. De todos modos uno conoce si ve, entonces Sucre aparece distinta en la mirada… lo que más he sentido caminando por las calles de Sucre y de Bolivia en general, es que sus habitantes han logrado salvaguardar el amor por la vida, por su tierra, por sus festejos, por sus costumbres antiquísimas que perduran en sus mercados multicolor, en sus tejidos, en sus comidas. Lo que quiero decir es que un boliviano cualquiera parece más feliz que, pongamos, un argentino como yo… ni hablar de un “americano” del norte. Me he escapado en este viaje, confieso, de mis pares de raza blanca… he querido contagiarme de toda esa sencilla felicidad boliviana. Hoy extraño Sucre, siempre extraño Sucre… tal vez haya algo mágico y adictivo en el aire, en el aroma de las especias, en los licuados multifruta de sus mercados, en sus calles coloniales bajo la lluvia nocturna, en sus platos picantes, en sus melancólicas montañas rodeadas de niebla. Algo, no sé qué, hace que extrañe Bolivia más que Mar del Plata o que la Patagonia argentina. Nadie sabe cuanto va a vivir, tampoco yo. Espero regresar, si hay tiempo, claro.

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