Video experimental 3: “Mañana en el abasto”

Si tengo que elegir sólo un disco del rock nacional para llevarme a otro planeta, no sé exactamente cual será, pero seguro va a ser un disco de Sumo. Sobran comentarios para describir la exéntrica personalidad de Luca Prodan y la distancia, a mis ojos, que lo separa del resto de los rockers argentinos; personaje consecuente al extremo entre sus palabras y su modo de vivir, sus letras son extractos certeros de su historia personal: Luca está, por sobre todas las cosas, en su música y en sus palabras, y así vivía… tal vez por eso la muerte tan temprana y tan extrema y tan sensible… prefigurada por héroes artísticos del calibre de Vincent Van Gogh, Jim Morrison, Janis Joplin y luego Kurt Cobain (estoy seguro que Luca hubiese amado Nirvana si hubiese llegado a conocerlo, pero no le dió ni el cuerpo ni las ganas de seguir) dejó en su haber sólo tres discos editados en vida y uno póstumo, que en realidad fué el primero y, tal vez, el más loco.
Lo vi sólo una vez en vivo, en el estadio de Vélez y en un concierto múltiple en el que estuvo gente como Nina Hagen e INSX; en la calle me lo crucé dos veces, una en la avenida Corrientes muy cerca del obelisco, la otra en Palomar, en el kiosco que está frente a Canela… yo ya lo amaba, pero ni siquiera me acerqué, en ese momento sentí -y lo sigo sintiendo- que arrimarme a decirle ídolo y a pedirle un autógrafo era como faltarle el respeto, desconocerlo, no entenderlo… y me lo imagino diciéndome con ese acento cocoliche medio tano y medio inglés: -si querés pedirle un autógrafo a algún ídolo, pedile a fito o a cerati, que a ellos sí les gusta figurar-… una tercera vez lo ví desde el San Martín, al atardecer, yo iba rumbo a Retiro y mi tren estaba parado en Palermo, él estaba enfrente, esperando el tren que iba hacia el oeste: todo el mundo apelotonado en el centro de la estación, cientos de personas volviendo a sus hogares, y él, sólo y apartado de todos, en el extremo más alejado del andén y casi a punto de caerse a las vías…
Hoy me resulta muy difícil escuchar Sumo sin deprimirme, sin lagrimear, y lo mismo me sucede con Nirvana. Y es que son parte de mi vida, mi vida vivida -cuando descubrí a Jim ya estaba bien muerto y enterrado- crecí con ellos, escuchando su música mientras la producían, yo esperaba sus vinilos, los escuchaba en la radio, los veía en la TV… y los extraño, tanto como extraño los viejos bares y las viejas pizzerías que ya no están: los carritos de Chaca y la costanera; los barcitos en cada estación del ferrocarril San Martín; Santa Ana en Caseros; Viejo Pop en Palomar; el Bar Gabi; La Praderita; los pooles en todo el centro, baratos como yuyos y con birras al alcance del bolsillo proletario… pero ya nada de eso existe, ya fué, ahora todo es más “grasa”, es más “vender”… es, finalmente, como dice el tango: “todo ha muerto, ya lo sé”
Cortázar dice que uno no muere de golpe, sino que va muriendo de a poco cuando va viendo como mueren sus parientes, sus amigos, sus ídolos. Y es verdad, y creo que al rock también le va pasando algo así, se va volviendo transparente sin gente como Luca o como Kurt, o más bien se vuelve technicolor, casi como una marquesina de coca-cola o una propaganda de Nike, o de ¡Fiorucci!
O como un puesto de hamburguesas yankis en el shopping del Abasto. Que ironía.

abasto túnel

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