Dos muertos en diez días

Dos. En diez días. Velorios. Mi abuela Meri, la última abuela con vida, hace diez días; y hoy Alberto, el papá de Diego, mi amigo de la infancia. Esperado en los dos casos, pero, de todos modos, inesperado. Se siente cuando llega. Dos velorios. Primero, siempre chilla el teléfono. Y luego, el silencio. Y después, la maquinaria eterna que nunca se detiene. Time is gold. Terminé por aceptar y hacer algunas observaciones, tratando de agarrar de una vez la mirada que la biblia tiene sobre el velorio y la sepultura…
El maquillaje primero me perturbó, luego me fascinó, para bien y para mal… y las luces, los bronces, la parafernalia cristiana en la pared y las coronas y las flores. Es tan bella la muerte cuando a los cadáveres se los prepara así. Sólo faltaban las vasijas de barro llenas de brillantes y esmeraldas, las fuentes de comida, los soles trazados con filigranas de oro en el techo curvo y los esclavos muy morenos cerrando la tumba por dentro. Mi abuela estuvo un par de horas nomas… esperamos al cura, rezamos al unísono, tres palabras y chau, al fuego. Alberto, en cambio, estuvo toda la noche. Una noche húmeda y casi primaveral en este raro comienzo del invierno 2013. Yo llegué pasadas las doce del mediodía y ya se podía cortar el aire, se podía modelar el aire, uno podía construir pequeños castillos y bóvedas con todo esa pesada y demencial muerte flotando alrededor.  Mucha gente en lo de Diego –Alberto-. Tres hijos y varios nietos -y bisnietos-… entendible. En lo de Meri, en cambio, con toda la furia fuimos seis. Pero Meri sólo tuvo a mi vieja, y mi hermana vive lejos, y, aparte, Meri ya pasaba la novena década… era casi como un fantasma.
Lo que me fascina, en realidad, es la muerte. No hay ausencia más pronunciada en un velorio que la de la pretérita identidad del muerto que está ahí tan quieto y silencioso; nadie estaba más lejos del cadáver de mi abuela que mi abuela misma. Y, luego, me fascina lo que dicen los que permanecen vivos en esa situación…
Y Alberto, bueno, a esta altura ya debe haber pasado por el fuego también…
En fin, en los dos casos me volví a mi casa, a cocinar una pizzas, porque no hay nada mas prescindible que la conciencia.
La humanidad espera, amigos.

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