Volver a ser niños -los pibes en casa-

Llegaron justo hace una semana -chau, tiempo, chau reloj-, Catherina, Boris y Sara, nuestros tres sobrinos más pequeños. En nuestra casa suele haber una buena atmósfera, mucha libertad, muy pocas reglas; dentro de todo nos esforzamos en que haya paz y paciencia, y si no, diálogo. Pero llegan los pibes y enseguida todo se tambalea… y menos mal, porque se renueva, se engrandece, se eleva, se sutiliza, en la acepción que hace de la palabra el monje Páleka. Un par de horas después uno se encuentra rodeado de risas, de no-reglas, de no-miedos, de no-objetivos, la seriedad huyendo espantada rumbo al olvido como escapándole a la peste… y entonces uno sanamente se cuestiona -¿que me pasó?… ¿que nos pasó?… ¿podemos retornar?
Lo que nos pasó fue la escuela, los horarios, la hormiga salomónica, la guita, el régimen de asistencias, acumular, la crueldad de las noticias, las calificaciones del cero al diez, la bandera, la competencia, el honor, la guerra, el robo, la mentira, la hipocresía, el maltrato, la falta de respeto y finalmente la desdicha y la insatisfacción como regla.
Yo creo que podemos retornar, aunque sea lo más difícil del mundo. Hasta lo dijo Jesús: “Quien no se vuelve como un niño no puede entrar en el reino de los Cielos”. Es lo más difícil del mundo, pero es lo primordial. Creo que el verdadero propósito de la vida es éste: volvernos niños otra vez. Y todo lo demás, el poder, la gloria, el triunfo, el auto, el fútbol, el trabajo, el honor, la civilidad no vale madre, parafraseando a Don Juan. Quiero volver a ser niño. Hace años que lo deseo. Ojalá ningún otro deseo le dispute esa jerarquía a lo único sagrado que observo alrededor. Los niños. ¡Ah!, ya me olvidaba: las fotos las hicieron ellos mientras jugaban, y también Paula, mi mujer.

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