Caminando hasta Padua

Cuatro horas y media pateando por la vía, por avenidas, por autopistas, dejando atrás hormigueros humanos, lava autos de domingo, caras de culo, espejos estallados, bocinas, parrillas y hornos de barro a la venta, la religión por el piso, baños de estaciones de servicio, espinas y gatos, el sol cayendo, perros perdidos, silencio suburbano, silencio que por momentos se convierte en amenaza, irrisoria amenaza que se desdibuja bajo la luna trepando por el puente de San Antonio de Padua, puente que inevitablemente conduce a la casa de los amigos de siempre, o de un ratito nomás… la palabra siempre suena demasiado pretenciosa cuando uno atraviesa la cuarta década.

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