Going to Mechita

Mañana y tarde extraña la de ir caminando a Mechita. Primero la llegada a Bragado la noche anterior bajo las estrellas tempranas, la búsqueda del hotel, la cena en “Lo de Alberto”, el frío heladísimo en las calles solitarias del jueves solitario, la ducha caliente y la TV en la camita como sólo sucede cuando nos salimos de lo habitual -es significativo que en estos primeros siete años sólo hayamos mirado TV estando de vacaciones-… y pienso que tal vez sea el mismo principio el que regula la negativa al celular, el escape del ruido mundano y la necesidad de silenciar la señal-caja-boba for ever.
Pero me voy de tema.
Fuimos caminando por la vía, como dos manyines enamorados, escapándole -también- a la extrema velocidad de los motores a explosión y a la nube de polvo que generan en el camino de tierra; caminata bajo un sol por momentos caliente y por momentos ausente y entonces helado; los plumeros alrededor, un cielo plateado y los bichos y los pájaros entre los pastos y las piedras y la llegada entre los trenes abandonados y las ruinas de una geografía pujante que, en materia ferroviaria, tristemente ya no es. Y el pueblo chico y las calles de tierra. Y los perros. Y el perro.
Hoy me descubrí lagrimeando con el asunto del perro, bastante ahogado mientras trabajaba las fotos, viendo la inocente carita. Pero mejor lo voy dejando atrás porque, con respecto a este perro en particular, la extended-version de todo el asunto aparecerá más adelante.

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