Camino a Los Yungas

Salimos de La Paz a media mañana. La salida de La Paz rumbo a Coroico es fría, helada, austera, rodeada de montañas raleadas de vegetación y blancas de nieves eternas, con túneles atravesando su mismo corazón. El micro comenzó a subir más y más hasta llegar a la nube… un frío tremendo, cero visibilidad. Un poco después llegó la lluvia y el asfalto se volvió un espejo; a mi izquierda la montaña, a mi derecha el abismo… y sin embargo el conductor no redujo la velocidad ni un poco, el vértigo por los cielos y asustado el corazón. Bolivia es famosa entre los turistas por la conducción alocada, alcoholizada, sin respeto por las mínimas normas de tránsito, y en este caso no fue distinto. Legó entonces, en automático, la oración monológica por excelencia, implorando por mi vida y por la de los que me rodeaban. Sin embargo la gente descansaba a mi alrededor, nadie parecía estar preocupado como yo, y eso incluyendo a mi chica, que ya está bastante acostumbrada a viajar por las tierras de Evo. Paulatinamente fuimos dejando la nube por sobre nuestras cabezas y comenzamos el descenso, la velocidad se intensificó, lo cual disparó mi alarma a niveles liminares… Señor Jesucristo, ten piedad de nosotros, pecadores… más tarde regresó el sol, la procupación se fué a dormir, subió el calor, la vegetación se volvió exhuberante y nos preparamos para llegar a la inolvidable y bella Coroico, en el corazón de Los Yungas.

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