Buenos Aires en dos piernas

Tengo varias razones para plantear una apología del caminar. Camino porque la vida se ve más clara en su perezosa velocidad de crucero. Camino porque soy un pusilánime del deporte, y mi cuerpo necesita movimiento. Camino porque soy un cazador de imágenes, y muchas se me escapan incluso a la modesta velocidad del pedaleo de la bici. Camino porque me gusta ver las baldosas, las caras de la gente, los perritos que pasan, la sombra de las hojas, el polvo en el camino, la forma de las nubes, la lluvia golpeando en el cordón y escapando por la alcantarilla, las vidrieras, el asombro pequeño escondido en un rincón cualquiera. Dicen que caminar hace bien al corazón, y que también caminando uno se conecta más con su ser espiritual. Cuando camino puedo ver a la Luna brillando en el cenit y admirar la gloria de Venus corriendo detrás del sol del atardecer sin peligro de atropellar a alguien y darle muerte con la máquina. Al igual que la bici, caminar no poluciona. Puedo escuchar música mientras camino, puedo filmar, puedo saltar, girar, bailar, cantar, hasta correr puedo, si quiero. Pero hay algo que siento mientras camino horas, desde el mediodía hasta que brillan las estrellas, y es que soy un ser vivo. Una máquina habilidosa y compleja, una computadora eficaz, un disfrute. Muchas veces camino y camino y en ese caminar, vuelo. Y agradezco ese vuelo, que es un dichoso sentir absolutamente gratuito. Caminar, entonces, me vuelve agradecido con la existencia.
Ayer domingo salimos a caminar -mi chica también camina, vamos juntos a la par-… primero viajamos al centro a comprar libros, comimos unas porciones de muzza en Güerrin y desde allí bondi a la ex ESMA a ver unas muestras de arte. Entonces, ya cayendo el sol, comenzamos la caminata, en principio hasta el barrio chino ahí nomás de Barrancas de Belgrano. Luego de cenar Con-Pao ultrapicante y tomar unos tintos caminamos hasta el barrio de Las Cañitas, en donde volvimos a descorchar un rosadito ya pasada la medianoche, esta vez acompañado con unas bananas fritas en un bar cubano -que ironía, un bar cubano en Las Cañitas-. Y desde allí pateamos, cantando bajito, hasta Chacarita, en donde tomamos el 123 que, a las cuatro de la mañana, nos dejó en la esquina de casa. Y bueno, hay fotos, una selección aleatoria de una caminata aleatoria en un día domingo pre-primaveral de una vida cualquiera. Y eso suena re lindo ¿no?

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