Humahuaca (1)

El viaje entre Purmamarca y Humahuaca fue breve, o así lo pareció. En cuanto llegamos a la terminal comenzamos a buscar un sitio para hospedarnos y luego de las vacilaciones habituales entre el costo y la comodidad, nos decidimos por el hostal “Los Alamos”, situado en las afueras del pueblo.
Ya desde el primer momento Humahuaca me atrapó… melancólico, desierto, austero, atravesado por el Río Grande, río ancho amarronado y casi seco que se parece más a una metáfora de la no claudicación contra toda prueba que a un afluente norteño. Dejamos el equipaje y salimos a recorrer sus calles un poco antes del comienzo del largo atardecer, bajo una intermitente garúa fresca. Visitamos el museo, la capilla, asistimos a una pequeña protesta de empleados municipales muy bien vigilada por la policía; subimos -Humahuaca tiene verticalidad- y contemplamos el pueblo desde lo alto, la caída del sol, la brisa dulce en aumento, las callecitas de piedra corriéndose al rojo por la inminente ausencia de la estrella, todas ellas iluminadas con focos amarillos de ensueño… finalmente llegó la noche y nos metimos en un pequeño bodegón a cenar esas cosas que uno suele cenar en el norte: picante de pollo, guiso de llama y cerveza salteña. Y luego nos fuimos a dormir.

Los comentarios están cerrados.