Bragado: mañana, mediodía, tarde… y adiós

Se ve como cambia la luz con el planeta girando enloquecido alrededor de la estrella… los blancos mañaneros, el brillo cegador del mediodía -entre las pastas y el tinto de “Lo de Alberto”- los amarillos largos y los rojos del ocaso… luego la espera del micro y el adiós. Simple. Uno la pasa bien, siempre, pero Bragado queda en la memoria con un ruido a motores de autos y de motos -desquiciadas las motos, cientos de ellas quemando el putísimo petróleo- que no voy a extrañar. Sí el boliche mencionado y la parrillita de “Juan”, y el hotel con esa gente linda preparándonos el desayuno por la mañana, y el bar de Raúl, el capo de Raúl, con el gimnasio vacío y los viejos truqueando mientras se escapa el sol hacia el otro meridiano…
En fin. Otro lugar que se archiva en el disco rígido de la memoria. Lo más lindo, ese perrito en mechita, y lo más triste también. Pero a veces la tristeza le imprime una profundidad a las vivencias que no existe en la superficie burbujeante del alegre champagne.

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