Arte callejero en La Paternal

Sábado pasado el mediodía, un cielo gris, por momentos cae una fina garúa… hace frío, mucho frío y un viento helado que se cuela entre la ropa que no alcanza, pero decidimos seguir. Estamos en La Paternal, barrio de tango y violencia, tierra del Carpo y Cortázar; van apareciendo bares, esquinas y bares con vidrios empañados; los que dentro beben y ríen están más cerca del proletariado de los ochenta que del siglo XXI que todo lo traga y regurgita como un nuevo ente de consumo. No en La Paternal. Acá, la modernidad parece haber perdido la primera batalla.
Hay arte callejero en sus paredes, pequeños mensajes escritos dentro de otro mensaje que es el de sus calles y su gris oscuridad de sábado de lluvia. Metamensajes… de antología, algunos…
“Todo lo que nos enseñaron sobre el amor es cualquiera”, reza el grafitti, y en él la parejita se me antoja más cerca del llanto que provoca el miedo a la soledad que de la pasión. “Y no me importa nada porque no quiero nada”, me dice “Wonder Gilda” mientras le hago la foto, y esa frase germina en mi filosofía interior como una pregunta que camina desde Jesús de Nazareth hasta Henry Miller. Sin respuesta. Dos personajes juegan al ajedrez y parecen perder sus posesiones mientras el juego avanza… billeteras, billetes, sombreros, teléfonos, chancletas. De todos modos ríen. Y fuman. Un enigmático y tosco ángel dragón parece escupir fuego desde una persiana que tal vez sea más que una persiana… ¿un portal que conecte este siglo con alguna pretérita edad del mundo?. Y luego llegó el “perrito cuerpo chiquito patas cortas macho negro 4 años”… y yo no sé si el can se extravió o si simplemente se rajó a unas libertades menos denigrantes que lo eximan de escuchar desde la boca del amo tanto diminutivo calificativo. Y Oaki a los tiros; y la bailarina colgando-sé en la soga junto al televisor, y el perro fantasma extraviado desde el poste como una aparición espectral… como para encontrarlo desde esa oscuridad liminar…
Y luego todo lo demás que siguió sucediendo en el mundo real… horas de caminata buscando a la cantina Chichilo, la charla con la señora de las monedas en el piso de la entrada de “La Consolata”, la botellita de tinto, las rabas a la calabria, el conejito y el cordero y luego más caminata en la noche cerrada hasta el 123, que nos dejó en casa; y en casa una peli de Scorsesse con helado y torta de chocolate, y finalmente a dormir que mañana domingo -ahora- hay que levantarse para… ¿para que hay que levantarse un domingo tan gris?

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