Tarde de grafittis en el centro porteño

Ya los había fichado regresando desde el CONSUDEC a Chacarita bajo la luz lunar; así que esperé que pasaran las lluvias y regresé, cámara en mano, para atraparlos. Hay de todo: seres vivos, cuadros colgados en la vereda, seres míticos, travestidos sutilmente amenazados de muerte, mixes entre actores y músicos de renombre, perros meando, hombres mordidos, putos besándose y hasta nosferatus rojos con rojas alas extendidas y largos cuernos negros. Luego de horas de caminata y cientos de disparos, cerca del obelisco un señor, visiblemente asombrado, me preguntó para qué le sacaba una foto al stencil de la lamparita, y caí en la cuenta de que no lo sé… no sé para qué hago fotos, no sé para que compongo música, no sé para que pinto y tampoco sé para que escribo. Y creo que es mejor así, porque si lo hiciera para lograr algo, estaría convirtiendo todo el juego en un mero mecanismo, en una presión constante, en un objetivo rentable. Por eso debe ser que me gusta tanto el arte callejero, anónimo y gratuito.
Pensar en una meta, en ganar el premio, en conseguir el aplauso y regidearse en la efímera gloria convierte la dicha y la libertad de hacer arte en un trabajo. Un trabajo,  si, como vender papas, manejar un taxi o apretar tuercas en una fábrica. Ruego a Dios que me siga librando de tamaña impiedad.

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44

45

Los comentarios están cerrados.