La primavera es un asunto florido

Luego de un invierno muy crudo hasta se llega a desear la primavera… época de juventud, de eterno renacer, de brisa; metáfora del amor y de los besos y de las noches frescas bajo el pino o la parra tomando una cervecita dorada mientras se contemplan las estrellas brillando muy plateadas en espera del estío… claro que cuando llega y se instala de una vez por todas, con sus cuarenta grados a la sombra y su humedad-me-arranco-la-piel-a-tiras se acaba la belleza y la poesía y se extraña de nuevo el otoño y las hojas secas y el viento helado y la nieve y la cama acovachada y la estufita prendida y los besos íntimos y la necesidad de introspección, en el nido que es fuego y comida crepitando en el horno. Pero por sobre todas las cosas, la primavera es la flor, la pulsión de lo fémino en estallido, la entrega multicolor, la apertura más allá de toda moral y de toda culpa. Porque el sexo es Dios queriendo multiplicarse en mil ojos, en miles de pétalos y almas que, por sobre todo, atestiguan la dicha de vivir a fondo el tiempo que nos toca.

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