Un sábado como un domingo

Hace un rato, cuando tardíamente me puse a trabajar estas fotos, estaba convencido de que eran fotos de un día domingo, o por lo menos así estaban energéticamente archivadas en el disco rígido de mi memoria. Se que básicamente los días de la semana son todos iguales, ya que su clasificación responde más a una convención cultural que a una diferencia verdaderamente tangible, pero en la práctica, lo real pesa por sobre la teoría, y lo cierto es que no son iguales todos los días de la semana…
Particularmente  me gustan muchísimo los viernes, tal vez por ser la antesala del sabbath, maravilloso invento judaico tan necesario y disfrutable -el mejor invento judaico de todos los tiempos, según Stephen Natmanovitch-, y el peor día, el lunes. Evidentemente los dos días se relacionan directamente con la obligatoriedad del trabajo, lo cual habla o muy mal de mi, o muy mal del sistema. Y la verdad es que no me importa demasiado… trabajar, en el peor sentido de la palabra, significa hacer algo para ganar plata y poder sobrevivir, pagar los impuestos, comer, vestirse e ir al cine si sobra… algo así como lo que hacían los antiguos monos humanoides cuando salían a recolectar bayas secas y escasas en el período Pleistoceno, mucho antes de descubrir la carne y darse cuenta que no volverían a sufrir del hambre otra vez, por lo menos hasta ahora, mundo civilizado si los hay…
Lo que es verdaderamente raro es que un sábado se sufra como un domingo (no se que piensan ustedes, pero el domingo, y en especial la hora en que cae el sol, es el escenario y el momento perfecto para el suicidio) y eso debe responder a estratos psicológicos que no tengo ganas de abordar ni acá ni ahora. Lo que puedo decir es que ese sábado terminó muy mal y nos fuimos a dormir con mucho mal humor… lo cual es lógico: si uno no puede ser feliz un sábado, entonces uno no puede ser feliz nunca.

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