Tarde de lluvias no santas

A veces los recuerdos pueden ocultarse en recovecos extraños… esa tarde fue la tarde que comenzaron a llover escupitajos humanos y cacas de bichos voladores -gorriones, palomas, toda esa mierda alada-, y también la tarde que en mi cerebro -¿o en mi espíritu?-, se forjó la idea de parar de destapar botellas para dedicarme a observar como, alocadas, flotan las nubes de mis pensamientos sobre un fondo azul de eternidad impoluta… luego sucedieron los encuentros con las imágenes; soledades excedidas esperando el tren -¿la muerte?-, pseudo ratis de gorra esperando por un cuerpo joven para amasar… a palos; perros zen, calaberas que muestran los dientes mientras me río de la serpiente; el boxeador y su cigarro prohibido antes del cañonazo certero por la espalda y Munch gritando una vez más desde un rojo rostro femenil ya casi olvidado por el tiempo (las lluvias y el viento son al grafitti lo que las horas y la matraca al pito)… en fin. Todo terminó entre chinos y vegetales muy cerca de Mario Bravo y Corrientes, y luego los dos pies -dos más dos son cuatro- nos llevaron hasta el 123, que, como suele suceder bastante a menudo, nos dejó en la esquina de casa.
Las botellas continúan selladas aún. Pero la locura mental no se detiene, nunca se detiene, jamás… ¿jamás se detendrá?

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