Las imágenes y el caminar: una reflexión sobre el arte

Las imágenes que aparecen en la visión mientras se rumbea hacia otros objetivos son, tal vez, el verdadero motor del caminar, y basta llevar una trampita de luz y atraparlas en ella para más tarde utilizarlas como material estético.
Muchas veces me descubro caminando cientos de cuadras tan sólo por cazar estas imágenes que otros, vaya a saber uno quiénes, dejaron plasmadas en las paredes para mi regocijo, y para el de todos nosotros. Detrás de cada imagen, detrás de cada representación estética hay un ser que trabajó, que se esforzó, que utilizó su tiempo finito -todo tiempo lo es, hasta el del universo- para que veamos su obra, para compartir su realidad sui generis, para dejar una marca que atestigüe su paso bajo esta estrella feroz, en este siglo alocado, en este mundo periférico que flota y flota silencioso por la periferia de esta particular galaxia con forma de espiral. Y esas marcas plasmadas sobre las paredes de la ciudad no difieren mucho de las marcas que uno podría dejar en la superficie del agua… la diferencia es sólo cuestión de tiempo.
La gratuidad y el anonimato de estas imágenes garantizan su fidelidad. Arte verdadero, expresión sin metas ni garantías; el móvil de este tipo de arte, libre y efímero, es la necesidad de expresión, sin más. Ojalá el mercado del arte lo entendiera, pero es imposible: no hay tal cosa llamada mercado del arte. Hay arte. Y lo demás es un producto, como una licuadora, una media o una triste televisión.

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