Una mañana en Balvanera

Balvanera es sur, es Borges y sus malevos de fantasía; es telos, Maldonado y puteríos desgarbados entre asfaltos grises y nubes de polvo volátil flotando sobre duros asfaltos, que ahí es más asfalto y más gris y más volátil que en cualquier otro barrio de la ciudad, porque decir sur es decir orillas, es decir borde, límite, aguante, soledad, olvido.
La escuela en donde estoy yendo a hacer mis prácticas musicales es la Ramón Falcón, en La Rioja y Méjico… escuela de nombre tristemente represor en cuyo alumnado ya se vislumbran las fuertes características de los habitantes de la otra ribera del Riachuelo, habitantes que ocupan la zona que comienza en Constitución y se conecta con el Roca -otra tristeza de nombre propio- hasta mucho más allá de Longchamps. Y si “la lluvia sigue cayendo, sobre el asfalto gris” es porque llueve más y mejor en Glew que en Las Cañitas… porque llueve más mojado y más cierto en Burzaco que en Chacarita. Y, desde ya, cuando llueve en Balvanera casi parece que llora el cielo… porque he constatado que en el sur monocromo y borgeano llora el cielo como en ningún otro lado.

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