Armonía funcional bajo la tierra

Las sombras y los reflejos multiplican las sensaciones alocadas del mundo moderno, mientras el reloj atomiza las milésimas de segundo y la realidad se fragmenta hasta el punto de la disolución total… no hay tiempo, no tenemos tiempo si vivimos en la ciudad. Los medios de transporte corren repletos con su cargamento humano hacia objetivos que se ven representados en la TV, en los diplomas, en las sonrisas satisfechas y en las cuentas bancarias. Y, porque no, en un grupo de pobrísimos manyines que hierve palomas en la plaza bajo la garúa.
Viajar bajo tierra, deslizarse bajo las ruedas de otra alocada carrera que sucede arriba del asfalto crea un contrapunto demencial en donde todos cantamos nuestra voz histérica e individual mientras formamos una armonía obligada que rompe toda posibilidad de integración espiritual. El problema no es el ruido… el ruido es material sonoro, permeable a la posibilidad de belleza. El problema somos nosotros, con nuestros miedos y con nuestras exigencias y con nuestras intolerancias. Porque el caos comienza en nuestro interior, y el mundo sólo lo refleja.

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