Deformidades

Están todo alrededor. Basta cerrar La Biblia, El Capital, la Breve Historia del Tiempo y cualquier diario que ande dando vueltas por ahí, para encarar la realidad en modo directo, sin intermediarios, y bucear en la locura aparente -y no- que emerge cuando la mirada permanece limpia de ideologías y dogmas. “Esta es la vida más extraña que he conocido”, canta Jim Morrison en “Waiting for the sun”, y está claro que habla de la deformidad. La deformidad que es portar un cuerpo, respirar el infinito, permanecer rodeado de una atmósfera con un planeta como casa, levantar la mirada hacia las estrellas en mitad de la noche y no poder, básicamente, explicárselo… ni las estrellas, ni el viento, ni el fuego, ni el vino, ni el sexo, ni el placer, la lluvia, el sentir, el llanto… nada. Más acá, otras deformidades pululan entre nosotros, no por cercanas menos despreciables… me refiero a la deformidad que nace del amor por el poder, por la guita, por la belleza superficial de un cuerpo que, esclavo del tiempo -¿el tiempo, ese tirano?- condenado está a la entropía, al caos, a la desintegración. Y los vástagos de estas deformidades brotan como virus exponenciales en su modo de reproducción, y van desde los programas misóginos y más vistos de la TV hasta las ojivas atómicas que esperan y fatigan la naturaleza de la inteligencia. Frente a las deformidades, la nada. No hay solución posible para lo que no se puede asir; tampoco para lo inexplicable, lo ajeno, lo extra humano. Y vivimos, dentro de esta cáscara cósmica, ajenos. Y tal vez sea ésta la peor deformidad, la más sufrida y dolorosa, porque vivimos ajenos a nosotros mismos, a nuestros semejantes, a nuestro corazón, nuestras ansias, nuestros pensamientos. Y quien defienda a sus pensamientos como propios, peca de la deformidad de la simpleza, de la mentira o, en todo caso, de la banalidad del simple ejercicio del hablar porque hay boca, cuerdas vocales, lenguaje y un ordenador en el bocho. Yo no he superado nada, pero siento la deformidad en mí, la veo en el espejo, la escucho cuando hablo, cuando canto, cuando respiro y lloro, y también cuando miro las estrellas. Esa deformidad sin rostro ni nombre que a veces me puede llevar a la desesperación, otras a la locura, también a la gloria de vivir esta dicha misteriosa de, justamente, vivir. Y la veo, y la fotografío. La deformidad, atrapada en una imagen, en dos acordes, en una melodía cantada por una voz primitiva, es la única herramienta para aceptar, para arrojar un poco de luz al misterio -deforme- que nos condiciona y nos atrapa con las pinzas insoslayables de la no explicación.

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