La marcha y la condena

Sí, el último sábado fuimos a la marcha gay. Mi mujer y yo. No somos gay, o por lo menos en mi caso en un gran porcentaje no lo soy -no digo que mi mujer lo sea, digo que yo sé que yo no soy enteramente macho, por lo menos no soy para nada un macho de esos que son ejemplo de macho-… en fin, hace muchos años que queríamos ir, y fuimos.
Llegamos a las tres de la tarde y nos rajamos a las nueve de la noche, aunque la fiesta seguía… ¿que les voy a contar?, supongo que lo más significativo, y que me tocó sensiblemente una fibra interna -¿una fibra travesti, tal vez?- fue la tremenda libertad. La absoluta aceptación. El abandono a simplemente ser lo que se es, digerido y aceptado más allá del resto del mundo que no entiende y que lo mira por TV.
Insisto: no hace falta ser puto, ni trava ni lesbiana para entenderlo; tal vez haga falta creer en la libertad, creer que la libertad de elegir nos conducirá a un buen puerto ¿o tal vez pensamos todavía, a esta altura de la historia, que la prohibición nos regalará la paz y la esperanza?
No lo creo, no lo puedo creer. Ya no lo creía antes de ir a la marcha… ahora menos aún, si todavía me dura esa demoledora sensación de descanso de la exigencia moral.
Decía que muchos lo vieron por TV, muchos de los que no entienden y se rasgan las vestiduras por ver a dos pibas besándose en la boca. Hasta se dijo que en la marcha hubo “fuertes críticas hacia nuestra iglesia y nuestro papa”. Miren, esa iglesia es la mía y ese papa es el mío, porque yo soy católico. Y más allá de no haber visto esas supuestas críticas, pienso que ganaríamos los católicos un gran respeto por los que no lo son si nos vieran juzgar a los de adentro, a los que abusan de su poder y terminan abusando de los hijos de nuestros hijos. Ellos, los niños abusados, no lo eligen, las dos pibas besándose en la plaza, si. Si nos llamamos “cristianos” deberíamos practicar un mínimo de la Palabra de Jesús: “No juzguen para no ser juzgados, porque para el que no juzga no habrá juicio”… más claro, agua.
Acá me pide mi mujer -me trajo un mate y espió lo que escribo- que la involucre en mi conjunto, el de “los que no somos enteramente nada”… ni machos, ni hembras, ni peronistas, ni judíos, ni blancos, ni católicos, ni negros, ni gorilas, ni de boca, ni chinos, ni de sacachispas. Somos seres humanos, eso seguro.
Para festejarlo, la verdad, como el sábado en la plaza.

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

Los comentarios están cerrados.