El Titicaca desde el calvario en lo alto

Subimos al calvario bajo un sol demoledor -en el sol se te fríen los sesos, y en la sombra te cagás de frío, así es Bolivia- después de los sandwiches de trucha en la orilla del lago. Y desde allí arriba, con ese panorama casi extraterrestre, no dejamos de pensar en que algo hay en este lago, una energía, un misterio, ecuaciones sin resolver, una puerta secreta que, tal vez, abre su bocaza infinita hacia mundos poblados de ensueños en donde los tremendos problemas de nuestra injusta humanidad se resuelven por arte de magia. O por arte de fe, o por arte de espíritu, o de sabiduría o de Dios. Yo también creo, como Spinoza, que Dios es la naturaleza. También los es, para mi. Y en el lago Titicaca he visto a Dios planeando maravillosamente sobre la suavidad de las aguas. Lo he visto en las gordas nubes negras y en el sol más allá. No se que vio mi chica, pero no importa… la fe es un asunto tan personal que no implora por consensos.

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