El tren como metáfora

Una de las razones de viajar es salirse del ruido… con el tiempo el silencio absoluto se vuelve una necesidad, como la plegaria y el ayuno. El que ha tenido la suerte de permanecer en latitudes donde la nada gana la partida y ha logrado escuchar el silencio, sabe de que hablo. Es como un reset, una limpieza, volver los oídos a un estado de pureza primitiva y esencial. En la ciudad el ruido no se detiene nunca, ni en la madrugada, ni en los domingos, ni en los feriados, ni siquiera en estado de sitio. Todo el tiempo hay un fondo, una señal parásita, un rumor sordo, un ruido blanco que es la suma de las portadoras desbocadas de una miríada de estruendos: los chillidos de las gomas, los motores a explosión, los tiroteos a la distancia, los gritos de insatisfacción, las sirenas de los polis, los cantos de las ambulancias, los ladridos de los perros y los parlantes de uno que otro trasnochado que pasa a unas cuantas cuadras con los mil watts de la cumbiancha al palo. No se detiene… ni se detendrá. No por lo menos si permanecemos, los seres humanos, como reyes de lo creado. Somos generadores de ruido, entre otras generaciones degenerantes y degeneradas.
Y uno de los objetos creados por el hombre que más ruido hace es el tren, en especial si, como el tren San Martín, es diésel. Sin embargo, el ruido del tren a mi me funciona como un estado de silencio, como esos “silencios que suenan” en la música académica contemporánea. Y no solo eso, también se me antoja, el tren, como una metáfora del río. No de un río en particular (para mi el San Martín es más río y me genera más dicha de río que el Río de la Plata, que es el menos río de los ríos que he visto)… el porqué, no lo se, ni intento explicarlo. Pero puedo asegurar que el último domingo, caminando por las vías desde Caseros hasta Villa del Parque acompañado por mi chica, me sentí dichoso como un turista caminando a orillas del Sena. Bueno, no como el Sena, mejor como un río salteño, corriendo certero entre arbustos y tréboles bajo la sombra de los sauces llorones, imparable y terroso, con una sintonía de recuerdo barroso tan lejano y primitivo como hermanado y habitual.

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