Vigilar y castigar

Estoy sentado en “El Fortín” frente a una botella de moscato helado, y estoy leyendo a Foucault, “Vigilar y castigar”. Hace calor, cae el sol, el vaso con hielo y el zumo de uva marrón, los colectivos -me encuentro cómodamente instalado junto a la ventana que muestra el espectáculo de Avenida Jonte- transportan a la marea humana, los cuerpos de consumo -siglo XXI- rumbo a casa. Lo primero que me viene a la mente, luego de la cursada  de Cultura Contemporánea -aún estoy en ella, en la recta final- es que yo ya sabía, en el ejercicio cotidiano de mi vida, en tránsito por esta ciudad y por otras latitudes durante 43 años, que todo era así de tremendo. Y en carne propia. En Buenos Aires he transitado por sus escuelas, he padecido a sus maestros, he deambulado por sus hospitales, he caminado sus noches y sus espacios, y también sus mañanas y sus no-espacios; lo he aprendido ejerciendo el rol de hijo de una familia típica de clase media que aspira a todo lo aspira la clase media; lo he comprendido más aún siendo hijo menor, hijo díscolo, expulsado del colegio secundario en el final del segundo año de la escuela técnica; lo he entendido por haber sido trabajador, prematuro, un múltiple trabajador que osciló entre la albañilería, la técnica electrónica, la venta de bebidas en el bar, el comercio ferretero, la venta de ropa callejera, los conciertos de guitarra y las clases de música en la escuela secundaria y a nivel particular. Lo supe cuando, encarcelado por portación de estupefacientes en la ciudad de Zapala, condenado a optar entre el pago de una fianza demencial o por el trabajo comunitario, opté por el último, que consistió en fotocopiar todos los lunes, miércoles y viernes, durante ocho meses y de 8 a 14 horas, las historias clínicas de los niños dementes del Tobar García, al lado del Borda, siempre bien vigilado por el policía personal, armado, que ante cualquier falta no perdía oportunidad de recordarme que yo no era un simple trabajador con sus deberes y sus derechos, sino un convicto de mierda.

Antes de ello, la muerte trágica de la esposa, la violencia de la cana, el robo, la inhumanidad impune de la justicia; mucho antes el ejercicio de la fotografía, la afición a la astronomía, el gozo de la lectura que salvó mi vida; el ejercicio de la fe y de la religión y el padecimiento de la impiedad de los chupasirios que pululan entre salmos y homilías, ocultos tras sus falsas sonrisas entre las paredes de todos los templos y de todas las religiones. Y por ser artista, sea lo que sea que ello signifique, y por saber observar y por saber escapar a tiempo y por tener demasida hambre y ganas de coger, y un deseo inexplicable de poseer lo que a casi nadie le interesa, por todo ello sea tal vez que he aprendido todo lo que Valiente, maravillosamente, nos explica en sus clases de los viernes a las 14hs. Y más allá de tener unas ganas enormes de rajarme con mi chica a vivir al campo para no volver, o de internarme en un monasterio benedictino y dedicarme a monodiar hasta la muerte, o de, cual Kurt Cobain poseído por un extraño demonio musulmán, ametrallar salvajemente a toda la humanidad, ya lo sé, pero no con palabras, en carne propia. Lo supe desde la primer paliza, desde la primer humillación sexual, desde la primera vez que, no-macho, lloré de angustia, o de celos, o por éxtasis, por indignación o furia… lo supe con el primer ácido, con la primer mentira, con la banalidad de los éxitos y las tenues indignidades del fracaso. Ya lo sé, Michel, siempre supe que toda la locura que me rodea, la mentira, la barbarie escondida en la palabra civilización, el abuso de poder, es claro efecto del amor a la guita, híper empresa monetaria que está transformando todo lo que me rodea en un no-lugar, en falsa hipocresía, en rebaños ahogados en la miseria; sé del desprecio por la verdad, por la sensibilidad; sé de la violencia organizada por los dueños del mundo, violencia pensada, digitada, establecida y ejecutada, adrede, hora tras hora, día tras día año tras año, hasta el fin de los tiempos o hasta agotar el planeta o hasta que los chanchos vuelen y sean vendidos por pájaros idiotas en la feria de comercio intergaláctico con sede en la galaxia de Andrómeda. Lo sé. Lo cual no significa que hoy, al leerte, no me espante.

Porque la zanahoria que me corrompe, naranja y jugosa, está siempre frente a mis ojos. Pero la desición de morderla, finalmente, es mía……………… ¿lo es?

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