Una excursión a La Isla del Sol

Luego de un mes de marcha y de cientos de kilómetros caminados a pié, el sistema se derrumba. Debe ser por eso que ese día, el último en Copacabana, no pudimos ir caminando hasta la Isla del Sol… se puede, claro que se puede llegar caminando, son un poco más de quince kilómetros, no mucho para el que está habituado a andar en dos piernas. Por lo tanto nos subimos a una lancha y partimos hacia allí… en fin, todo muy bello, menos un detalle: los turistas.
Sé que también nosotros lo somos, claro, pero por lo general armamos nuestros circuitos evadiendo adrede el obvio y turisquero circuito elemental. Y si vas en lancha desde Copacabana hasta la Isla del Sol, es imposible evadirlos. Encima uno se siente encerrado en medio de la belleza del Titicaca con esas bocazas irremediablemente insatisfechas, escupiendo blasfemias y críticas contra todo y contra todos… casi como encontrarse en el Arca de Noe, pero tan sólo rodeado por serpientes. Llegamos, estuvimos una hora y nos fuimos. Olvidable todo el asunto, menos una cosa: la promesa de regresar a esa isla de ensueño que casi pasó como una sombra, y desde luego caminando la próxima vez… si es que la vida y la Providencia lo permiten, claro.

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