Cucarachas Radiactivas

Cambia la luz, cambia la temperatura color, varía desde el amarillo solar hasta la fosforescencia de tacho de basura, de desecho radiactivo, de alcantarilla. Suben las Cucarachas y se transforman como un relato kafkiano, se reconstruyen, se revisten, se pintan… el termómetro marca casi cuarenta grados bajo el escenario, pero una de ellas se enfunda en pieles hasta la coronilla. Comienza la catarsis: las Cucarachas Radiactivas mezclan el sonido del theremin con la guitarra eléctrica, las percusiones con el violín… también prueban, con éxito, una decena de instrumentos amorfos que resuenan con el sonido de -me cago en Talcahuano-, y al oír el resultado, uno los admira, -están muy bien cagados-, piensa.
Pero hay más… mucho más allá de los loops y de los pianitos de juguete que remiten a una infancia bella y trágica, hay palabras. Palabras que se susurran y se lloran, palabras que maldicen e imploran y se escupen como se escupe el raid sobre los bichos, se vomitan como se vomita la radioactividad y el cáncer medular sobre las plantaciones de soja de monsanto… uno se llena de violencia escuchando esta amalgama liminar, uno se encuentra de golpe repleto de una violencia “pura como una bala de plata en la frente”. Pero no es violencia en estado bruto, no es violencia gratuita, violencia al pedo, ¡no!, la violencia de las Cucarachas Radiactivas apunta certera, como un láser viajando a la velocidad de la luz, contra toda la mierda acumulada del sistema: contra el racismo, contra el consumo, contra la escuela, contra la familia, contra la religión organizada, contra el reino de la platita y del éxito superfluo que se mira por TV. Bueno, tal vez exista un éxito que no sea superfluo, no lo sé, pero si existe es así, revulsivo y demencial, ácido, patético hasta la disolución… y al mismo tiempo, híper coherente.
En fin, el show terminó y no me vinieron ganas ni de romper todo ni de salir a ametrallar a todos los millones de boludos que flotan por la ciudad como flota la mierda. Salí con esperanza, si, esperanza, que no es poco.

Media hora más tarde del show de las Cucarachas Radiactivas entré a otro escenario donde una banda hacía un cover de Oasis, y por un momento tuve la sensación de regresar al medioevo. Si es verdad que el rock está muerto, mejor. Que deje libre el colchón para que las nuevas generaciones se enfiesten ad libitum.

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