Buenos Aires, reencuentro obligado

Reencontrarse con Buenos Aires en la obligatoriedad de un trámite insoslayable puede generar un abanico de sentires que, de tan opuestos, llegan al límite de la mutua disolución… entrar en Güerrín para clavarse una porción de pascualina, ver las ofertas en las librerías de la calle Corrientes, conectar el obelisco-falo con un escenario que se hunde en la niebla de los recuerdos, no alcanza. No alcanza para desear retornar a esa jungla que es tan cierta como las imágenes que se transmiten por TV a la hora del te, mientras la radio chilla y chilla, como siempre, en su insatisfecha y harto aburrida demanda de primer mundo, desconociendo, cual avestruz, el río de plata que nos rodea, el destino de mestizaje obligado y que no es para nada vengativo, si los que llegamos y nos apropiamos fuimos nosotros.
“Buenos Aires se ve tan suceptible” como en ese entonces, y cuesta creer que, desde 1988, año en que Soda cantó esa bella canción, hemos crecido algo, o trascendido algo… ¿hemos crecido?, no lo creo; hemos esperado y esperado por el definitivo retorno a París, y olvidamos la sangre precolombina que fluye, mal que nos pese, por nuestras venas.
Tal vez, quiero creer, haya alguien que si, que vio y que recuerda y que algo trascendió. La lucha es contra ese discurso que ya estaba claro, por lo menos para mí, en la escuela primaria: la bandera es para los que ganan, para los limpios, para los claros, para los que pesan en sus balanzas a los objetivos contra el tiempo.
Nada cambió, en este sentido. O si. Lo único que sé es que la ciudad es demasiado. Somos demasiados, demasiadas bocas y demasiada opinión. Este año, para sobrevivir, voy tener que seguir desarrollando el arte de escuchar sin escuchar y de soñar mientras ya pocos sueñan… y ¿soñar en que?, en la Utopía, claro. Por lo menos en la mía.

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