El último día del verano: del mediodía al ocaso

Nada particular, por cierto, que lo sea… pero suena tan triste… el “último día del verano” funciona como una metáfora cruel del que sabe, a tiempo real, que algo o alguien, o lo que sea, se le escapa irremediablemente entre los dedos. Y es también una canción de The Cure, “Last day of Summer”, que es tan triste como los ecos de una realidad de luz muy blanca con un sol ya tibio brillando sobre las cabezas:
“Nada soy, nada sueño, nada es nuevo. En nada pienso, ni creo, ni digo… nada es verdad. Solía ser tan fácil, nunca ni siquiera lo intenté, sí, solía ser tan… pero el último día del verano nunca se sintió tan frío. El último día del verano, nunca me sentí tan viejo, nunca se sintió tan… Todo lo que tengo, todo lo que sostengo, todo eso está mal. Todo por lo que siento y confío y amo, todo se ha ido.”
Salí de casa y me dejé llevar por las calles, por las paredes y la luz que reflejan. Pensé en ir a misa, pero llegué muy temprano para la ceremonia. Entonces me decidí por otra, la ceremonia del Fortín, con su exuberante calabria y su exquisita fainá, que esa no tiene horarios… pensé en llamar a un amigo, pero mi insistencia en resistirme al alcohol me decidió a una estancia breve y solitaria junto al estaño. Una hora duró la celebración, como una misa dominical. Salí, ya de noche, y seguí con las fotos y con el sostenido ejercicio de las piernas. Hubo trenes y sombras y la lenta caminata me llevó hasta casa, en donde mi mujer celebraba con amigos en una reunión, también fotográfica. El último día del verano ahora se fue, y mientras escribo, la temperatura me confirma que esta vez, sólo esta vez, el termómetro lo sabe. En esta entrada las fotos desde el mediodía a la puesta de sol.

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