El último día del verano: El Fortín

En el corazón del barrio de Monte Castro, en la esquina de Lope de Vega y Álvarez Jonte, se encuentra la pizzería El Fortín. Pequeño templo de horno a leña y de insuperables fainás, El Fortín logró mantener, a lo largo de los años, esa exuberante y generosa pizza al corte grasosa y proletaria que desprecia todas las temerosas ideologías light que batallan al pedo contra el colesterol, y esa nostalgia que, dichosamente, la conecta absolutamente con el pasado. Pasar por el Fortín cualquier día de la semana cerca de las siete de la tarde, sentarse en una mesa y clavarse un par de porciones de calabresa-insoslayable la calabria, dos porciones bastan- mientras se disfruta del alborotado desfile que circula por sus estaños, no tiene precio. Tampoco lo tiene posar la mirada sobre tantos detalles detenidos en el tiempo que guardan la impronta de pasadas miradas que datan de cuando uno era muy joven, y de antes también. Yo no recuerdo cuando fue la primera vez que entré al Fortín, tal vez esos detalles son imposibles de recordar, como identificar en el archivo de la memoria la primer emoción o el primer dolor de muelas. Pero puedo asegurar que, si Dios me da más vida, volveré… porque el Fortín, con sus moscateles helados, su fainá de exportación, su insuperable calabresa y su heterogénea tripulación al mando, es uno de esos lugares que, si el viaje sigue como yo creo que sigue, hay que atesorar. Digo más: si hay un paraíso, sea cual sea la naturaleza de ese paraíso, debería contener algo así como El Fortín en alguna de sus esquinas. Porque si no, es simple: no sería un paraíso. Amén.

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