El domingo irremediable

Domingo… como siempre desesperante; la zozobra a flor de piel, el mañana que lleva el rostro descarado del lunes, esa vil metáfora de todas las cadenas que nos atan -los domingos siempre son irremediables en los fríos eslabones de acero que lastiman y detienen las muñecas- a la modernidad esclava y productiva que ya no respira porque es un cadáver, está muerta la modernidad, está embalsamada y tardía en su mortaja de capas sobre capas y más capas de tristes hombres semi muertos caminando lentamente rumbo al trabajo; hombres letárgicos y muy serios que ya perdieron toda la capacidad de sonreír; hombres disfrazados con azules overoles raídos que intentan dar algo de significado a tamaña esclavitud productiva; trabajadores viejos y decrépitos en un caminar autómata rumbo a la inexorable fábrica-prisión… y mientras tanto suenan y resuenan esos tristes teléfonos en habitaciones tan vacías, tan lejanamente vacías, tan desoladas como una estrella muerta en la trasnoche de la TV… en fin, nada se arregla con quejarse. Ese domingo salimos a caminar para resistir la presencia futura le puto lunes: Palomar sudoeste, Haedo norte, un barrio que nos ve pasar, cámaras en mano, hace más de siete años. Y luego nos subimos al 53 y nos fuimos a comer pizza al Fortín, calabria, anchoas, fugazetta, palo Jacob de crema y postre Balcarce de la casa; luego regresamos al nido y antes de dormir nos vimos un film. Y ahora que lo pienso, no está taaan mal la vida del pobre ¿no?… demasiada queja, papá.

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